Por azar
o destino, las peñas y la noche rosarina cruzaron a esta profesora de Filosofía
con Fito Páez, quien la convenció de volcarse de lleno a la música. Dueña de
una voz que condensa tibieza y tempestad, se supo ganar un lugar entre lxs más
grandes folkloristas del país, apropiándose de cada canción con su forma única
de mal decir.