domingo, 1 de septiembre de 2013

Esa fulanita

Por azar o destino, las peñas y la noche rosarina cruzaron a esta profesora de Filosofía con Fito Páez, quien la convenció de volcarse de lleno a la música. Dueña de una voz que condensa tibieza y tempestad, se supo ganar un lugar entre lxs más grandes folkloristas del país, apropiándose de cada canción con su forma única de mal decir.


 Liliana Herrero no supo que iba a dedicarse a la música hasta que ya estaba completamente metida en ella. Llegó por la puerta de atrás, pero lejos de ser una improvisada, es una mujer muy resuelta, que se acerca al arte desde la humildad y el desafío, que sabe encender los oídos para reinventarse, que nos invita a aventurarnos en el gigantesco mundo del folklore. Lo que la hace tan valiosa es ese detalle que hace a lxs artistas y que no nos enseña ninguna academia: su canto es auténtico. Su última obra, Maldigo, la vuelve a plantar en el escenario, a donde volverá siempre que pueda, porque las pasiones no se jubilan.

¿Cómo llegaste al mundo de la música?
 La música ha sido siempre algo muy natural en mí, desde niña. No recuerdo momentos de mi vida sin ella. Después a lo que llamamos la profesión, la vida musical profesional, arrancó recién en el año ’87, cuando grabo mi primer disco. Eso no fue una ocurrencia mía, sino que fue de Fito. Vino el segundo, el tercero, y la verdad que insensiblemente se fue dando una actividad de hacer conciertos, tener una programación, ir de un lado a otro, tocar con otros músicos, casi sin pensarlo.

Con lo cual, no hubo un primer concierto que marque el comienzo de tu carrera…
 No recuerdo cuándo fue el primer concierto la verdad, ni cómo fue, ni qué sentí; me gustaría recordarlo. Sí recuerdo que en el ‘86 más o menos, Fito me dice: “Vamos a la Cortada La Mar -donde él tenía su sala de ensayo-, grabemos un demo, se lo presentamos a las compañías discográficas y se van a morir, les va a encantar…”. Nada de eso pasó. Yo vine, grabé un demo, volví a Rosario, me armé una banda, y después grabamos en esa misma sala el primer disco, y lo editó Fito, lo sacó él. De ningún modo teníamos 400 compañías multinacionales queriendo ese disco. . Lo cual a mí me alegra, fue una experiencia alternativa, muy hermosa. Fue muy fuerte ese disco, para el ámbito de la música más específicamente folklórica, y gustó mucho. Después vino Esa fulanita en el ’89, y pasó un tiempo más o menos largo en el que recién volví a grabar el tercer disco en el ‘95, Isla del tesoro. Vino uno en vivo también, y bueno, se fueron dando los otros, pero la verdad que no hubo un plan, una estrategia.

Eso es lo que hace que tu caso sea bastante particular, porque te dedicabas a la docencia, entraste al mundo de la música “profesional” inesperadamente, y hoy en día sos una de las cantantes más reconocidas del folklore argentino.
 ¿Vos creés eso? Yo no. El reconocimiento siempre es bueno, siempre es grato, pero yo no soy popular. Sí tengo un público que he ido amasando; los públicos se construyen, y esa construcción es muy lenta, paralela a la de la voz y del estilo en el que vas cantando. No hay algo previo, uno va buscando en el mismo acto de cantar. Del ‘87 a hoy, ese público ha aumentado. Hay mucha gente que ve auspiciosamente mi presencia en la vida cultural y artística en la Argentina.

¿Cómo te llevás con los premios?
 También lo agradezco mucho, tengo premios que para mí han sido muy importantes. Por ejemplo, el año pasado el Fondo Nacional de las Artes me dio un Premio a la Trayectoria. Ahí me di cuenta que habían pasado muchísimos más año de los que yo creía. Lo compartí con Dino Saluzzi, que para mí es un músico extraordinario; no es uno más, de ninguna manera. Fue un honor, porque además él es compositor, yo soy una intérprete. Qué hago yo con esa interpretación es otro plan, digamos, pero si produzco o no produzco alguna novedad, si intento hacer estallar ese tema que tomo, eso sí, es algo que a mí me desvela  y me gusta hacerlo, pero yo no soy una compositora.

¿Sentís que vas consiguiendo éxitos?
 No me gusta esa palabra. Me parece que podríamos sustituirla por otras, una especie de comunidad que aparece en los conciertos: el público, y yo, y los músicos, y la música, se transforman en una promesa de algo, una comunidad emancipada. Prefiero pensar así. Por supuesto que he conseguido cosas, he tenido unos Gardeles, un premio del Konex a la Mejor cantante de la década (1995-2005), también la Universidad de Córdoba me otorgó el Premio Cultura por sus 40 años. O lugares en los que me invitan a ser madrina, como Casa Abierta, en Lomas de Zamora. Esas cosas sí, pero yo no los llamaría éxitos. El fracaso es no poder subirse a un escenario. Estoy agradecida por poder hacerlo. Algunas veces hay cosas que no puedo hacer, y eso me incomoda mucho.

¿En qué situaciones sentís eso?
 Cuando las entradas son caras. Me encanta tocar en lugares en donde puedo ir gratis para la gente. Ir al Sur, o por el NOA, eso se complica, porque somos muchos también. A otros músicos no, mi caso es ese. Esas cosas me angustian un poco, yo soy feliz cuando hay un concierto en donde la gente no tiene que estar haciendo cuentas para poder ir.

Tu concepción de la música tiene mucho más que ver con compartir…
 Sí, es la de compartir, la de crear, construir un público y una estética en el mismo acto. Me gustan los públicos que están dispuestos a escuchar algo que nunca escucharon. Les pido que arriesguen lo mismo que yo, que es que no sé qué es lo que va a pasar. Me meto en ese riesgo. Ni yo enseño nada, ni el público va a escuchar más de lo que ya sabe. Entonces se produce una ilusión de que son posibles los corazones libres, eso es lo que yo quiero de la música.

Llama la atención que seas docente…
 Pero nunca fui docente en esos términos. Al contrario, me parece que ser docente en la universidad es realizar un acto similar al de un escenario. Es tener un gran texto en la mano y leerlo en conjunto, pensar todos juntos. Enseñar es aprender, si no estamos hasta las manos. No me interesa de otro modo. Nunca tuve esta idea de la clase como algo irremediable, que lo que yo digo es absolutamente así; son balbuceos, pensamientos, lecturas. En todo caso, enseñar es donar una pasión por la lectura y la escritura. Y cuando me subo a un escenario estoy donando también, dando, rogando, pidiendo, una pasión por la música, por los grandes textos, musicales y poéticos, una memoria cultural y artística, del género que sea.

Aparece como un elemento distintivo en vos el hecho de fusionar el folklore con otros ritmos…
 No, la fusión parece la síntesis de algo. Más bien me gusta la idea de conversación, de tensión entre los géneros. Una conversación necesaria, a veces cordial, a veces ríspida. No tengo la idea de fundir. El folklore es bellísimo, el rock lo es, el tango lo es, el jazz lo es, y tienen grandes piedras preciosas, perlas en cada uno. Si yo tuviera que decirte en qué tradición me inscribo, es en la del folklore porque la conozco bien, pero más porque me gusta mucho. A mí me conmueve una zamba del Cuchi Leguizamón, y me seguirá conmoviendo. Lo que yo hago es más bien una necesidad personal, es un encuentro con otras texturas, con otros sonidos. Me gusta cierta transformación de las formas, a veces hay alguna frase que no digo, la dejo en el aire, la suspendo, eso para mí se produce como un estallido. Pero Buenaventura Luna, Yupanqui, el Cuchi, pueden existir perfectamente sin mí, de eso estoy segura. No es que yo perfeccione lo que ya se había hecho antes, porque entonces sería de una arrogancia extraordinaria.

¿Qué te genera la figura de Mercedes Sosa?
 Amo a Mercedes, la pienso casi diariamente. Siempre digo lo mismo: no se puede cantar como si Mercedes Sosa no hubiera cantado nunca. Es una referente muy importante porque inventó algo en este país, su modo de cantar, de elegir el repertorio, en fin, tantas cosas bellas que ella tenía, en las cuales uno necesariamente debe recostarse. Pero al mismo tiempo hay que inventar algo, si no uno sería una especie de copia mala, y eso ni ella lo quería, ni yo lo quería, ni ninguna cantante. Cuando ella pronuncia frases sobre mí, cualquiera sean, ella sabía que yo estaba peleando contra ella. Peleando en el sentido de desprenderme de eso para armar y amasar mi propia estética.

¿Cómo llegó Lisandro Aristimuño a tu vida?
 El encuentro con Lisandro fue algo hermoso. Yo escucho mucha música, y azarosamente me llegó su primer disco, Azules turquesas. Me gustó mucho porque yo oía en su música el sur del país, oía un territorio. En ese momento él tocaba en el auditorio de Radio Nacional, así que fui a verlo, después fui a saludarlo al camarín y a partir de ahí empezamos a tener más contacto, hasta que en este disco último le propuse una coproducción artística. No significa que él comande el disco. Se arma una mesa de conversación, muy horizontal, pero la última palabra la tengo yo. Y escucho todas las opiniones, propuestas, e ideas que aparecen en el momento de la grabación. En eso participaron todos; Lisandro muy bellamente, con mucha hidalguía, con mucha finura. No es una persona autoritaria, para nada. Fue a casi todos los ensayos, tomaba notas, proponía cosas, tocaba, cantaba. Yo pensé que él iba a cantar y después entre los dos vimos que no era necesario, que estaba bien así como había quedado, son sorpresas que te da la misma grabación. El acto de crear ahí en el ensayo, en la sala, es un momento muy emocionante, muy abismal. La presencia de Lisandro en este caso, como la de Ernesto Snajer en los dos discos anteriores, Igual a mi corazón y Este tiempo, la de Fito en los primeros discos, o la de Diego Rolón, me enriqueció mucho. También hay músicos invitados, que siempre hacen su aporte, es decir, ¿cómo se arma un disco? Del mismo modo en que te describía cómo se arma un concierto. Esa es mi idea. No quiere decir que sea el mejor modo de pensar la música, no estoy diciendo: “Síganme”. No, jamás pronunciaré esa palabra menemista.

¿Cómo te encuentra Maldigo? ¿En qué se diferencia de tus discos anteriores?
 No sé en qué se diferencia, es una pregunta a la que le temo. Para que uno haga un disco se tiene que abrir un universo, hay que escuchar mucha música, hay que elegir… No tenía un plan previo. Algunos pequeños planes, por ejemplo, siempre quise cantar a Miguel Abuelo, es una persona que estaba al límite de las cosas, con un pensamiento muy rico, muy arriesgado, y grabé “Oye niño”. Después, llamarlo a Juan Falú y pedirle que me pase un tema, pero porque ya es muy difícil que yo no grabe a Juan. Me parece extraordinario, me gusta su música, me gusta cómo yo la canto. Sé que me estoy apropiando de algo muy poderoso. Y así se va armando. No sé si tiene que ver con el disco anterior. No hay un hilo causa-efecto en relación de un disco a otro. Son muy variados. Esta vez lo hice en una semana, grabando en el estudio en vivo. Fue en vivo a medias, digamos. Es lindo y es un disco fuerte; a pesar de que lo escuché muchas veces, todavía me gusta. ¡Pero Maldigo no es maldecir, eh! Yo no estoy maldiciendo. Digo mal, en todo caso, pero porque creo que no se puede cantar bien, en el sentido de que siempre cuando se canta se está en el precipicio, se está en la cornisa y uno se abisma. Si eso no ocurre, al menos para mí, no ocurre el arte. No le tengo temor al error. Al contrario, el error siempre es un aprendizaje extraordinario, incluso el error en vivo.

¿Qué sería un error en vivo? ¿Cómo se sobrelleva?

 Una vez le cambié la forma a un tema, “Un punto solo en el mundo”, de Diego Squissi, y fue mucho mejor. Todos nos acomodamos rápidamente; era un tema que tenía un momento de espera que para mí era larguísimo, y yo no esperé. Está grabado con esa espera; yo ahora no lo canto más así. Son pequeñeces. Un error así siempre es creación. Pero una imitación también es un error, no creo que haya cover posible. Yo creo que uno tiene que apropiarse del tema y hacer algo con él. Puede resultar interesante o no, por ahí es un estrepitoso fracaso. Hice “Cinco siglos igual”, de León, y no lo escucho hasta el día de hoy; hice un arreglo de “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, y no me gustó. Por eso vuelvo a grabar temas: en el primer disco grabé “Canto al río Uruguay”, de Ramón Ayala, y en Uruguay lo volví a grabar con otra instrumentación, otro plan artístico. Eso quiere decir que cuando los temas son buenos, uno puede intervenirlos mucho. Aquella segunda versión no es ni mejor ni peor, es otro plan, nada más. No tengo la idea de que el arte evolucione. No hay progreso en el arte, sin duda. Prefiero hablar de una gran conversación sobre lo mismo, ¿no? Algo te obsesiona, te preocupa, entonces estás interrogando los temas con la misma idea, y a veces encontrás tres, cuatro versiones de aquello que interrogás.

Septiembre/13

No hay comentarios:

Publicar un comentario