lunes, 1 de octubre de 2012

A contramano y a contraturno

Existe una clase de viajantes del –a veces tristemente- célebre Sarmiento que no es pasajera: se trata de una tripulación que viaja a contramano y a contraturno, y día tras día encuentra en esos vagones su fuente de trabajo, ya sea vendiendo artículos “para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama” o musicalizándonos un par de estaciones.



  “Para alguien que viaja a estudiar o al trabajo, como mucho hace dos viajes de una hora al día, pero lxs que laburamos acá estuvimos en todos los horarios, en todas las estaciones, conocemos todo lo que pasa acá arriba. Y antes se vivían cosas duras…”, confiesa Julio, que lleva quince años trabajando como vendedor y es uno de los voceros más importantes de las asambleas de la ex línea Sarmiento, que se hacen cada miércoles en la estación vieja de Haedo. Cuenta además que hasta hace unos ocho años la relación entre lxs vendedorxs era mucho más competitiva y las cuestiones se arreglaban a las trompadas -si es que esa es una forma de arreglar algo-, pero por suerte en el último tiempo las cosas cambiaron; se conformó un grupo fijo de entre doscientas y trescientas personas, con pocas pero estrictas normas de convivencia.
 Nunca fue tarea fácil conseguirse un lugar en el tren: generalmente es un trabajo heredado, de otra forma es necesario que alguien que ya está trabajando dentro te lleve y presente. Tampoco termina ahí, porque hay que saber ganarse el derecho de piso. Pero el hecho de que sea un grupo tan cerrado no es tampoco un capricho, no se trata de una secta. Julio, que viene de generaciones de vendedorxs, explica: “Nosotrxs tratamos de cuidar la línea, pensá que hay quinientas familias comiendo del tren, y no podemos meter a cualquiera”. Lucio Wayra es un multiinstrumentista boliviano que lleva 35 años tocando folclore latinoamericano en el transporte público, y señala: “Más de una vez hemos tenido que bajar a algunxs que se habían puesto a tocar acá, sin saber. Nos acercamos, les explicamos tranquilamente cómo funciona: te podemos traer, y capaz lxs músicxs te aceptamos, pero si lxs vendedorxs dicen que no, no hay caso. Son mayoría. Que prueben en otra línea.” El único grupo al que no bajan es el de repartidores de tarjetitas, que no tienen relación con lxs trabajadorxs del tren. Comenta Lucio: “Es una lástima pero no podemos hacer nada, en su mayoría son menores y van a seguir estando ahí, no depende de nosotrxs. Cuando veo a esxs niñxs les digo que tendrían que estar en la escuela, que son lxs adultxs quienes tienen que estar ahí dando la cara y no ellxs.” Sería importante repensar de quién dependen, y si no es a fin de cuentas responsabilidad de todxs lxs viajantes el permitir que sigan ahí mendigando, en vez de ofrecerles una alternativa mejor.
 Hay también diferencias entre ambos grupos, ya que no tienen la misma rutina. Quienes venden se reparten las estaciones en tres secciones, sin posibilidad de cambio: una va desde Once hasta Liniers, la otra recorre de Liniers hasta Castelar, y la otra de Castelar a Moreno. Por su parte, lxs músicxs tienen la libertad de subir y bajar en la estación que quieran, y pueden quedarse tocando el tiempo que les parezca necesario, o que el público les permita. “Hubo veces que yo me subí en Merlo y seguí hasta el final. La gente se portó tan bien que no pasé la gorra, no me da para pensarlo como un laburo cuando estoy compartiendo algo que me gusta”, comenta David, un versátil guitarrista que llena los vagones de clásicos de rock a pedido de la audiencia. Los horarios dependen de cada cual, según el rubro y el humor, siempre evitando la hora pico y el oleaje de pasajerxs que migran de la provincia a la ciudad y viceversa.
 Existen algunos códigos básicos, como por ejemplo que entre vendedorxs no pueden “pincharse” la mercadería, esto es, no puede haber más de una persona vendiendo lo mismo a un precio distinto, pues entonces quien vende más barato saca ventaja por sobre quien no. Para entrar a los trenes se hacen colas, y si bien se respeta el orden de llegada, ponen especial atención en el respeto por lxs vendedorxs más viejxs. Ellxs vienen trabajando la línea hace décadas, se han ganado tener prioridad frente al resto y mejores horarios, entonces sus compañerxs más jóvenes les cedan los trenes. Por último, quienes tocan dejan pasar primero a quienes venden, puesto que hacen la pasada en menos tiempo.
 En todos los relatos hay una constante: se llega por la necesidad, ya sea por tradición familiar, como Julio o David, o por gente que te lleva a probar suerte, como Lucio, que cayó en el tren después de pasar un tiempo tocando en el subte con otro grupo de músicos. Ahora, una vez adentro, el objetivo deja de ser sólo sobrevivir, y les resulta casi imposible pensar sus vidas fuera de los rieles, incluso cuando se les presentan alternativas más lucrativas.
 “Acá hay mucha gente que tuvo otros trabajos, pero siempre vuelven. Yo mismo fui subgerente en empresas, trabajé en varios lados, y sin embargo siempre volvés al tren, te tira”, señala Julio. También comenta que está quien nace para vender y quien no: “Ves algunxs que son ingeniosxs, que un día compran una cosa y al otro caen con un producto nuevo, se las rebuscan. Después están lxs que sólo copian, ésos lo hacen por la moneda, pero hay otrxs que ya con pararse te están vendiendo.
 Y desde el costado artístico, hacer música en el tren es radicalmente distinto a cualquier otro escenario: se trata de interpelar a un público que no eligió escucharlxs, no pagó una entrada, y hace falta ganárselo. Es un desafío interesante, que si se sabe afrontar, deja sus frutos. Lxs músicxs del tren tocan para ganar dinero, eso es cierto, pero más lo hacen por el disfrute y porque buscan sacar su arte a la calle, compartir lo que tanto aman. David marca claramente una distancia: “Ha pasado que no te dan pelota, pasás la gorra y te la llenan de plata, pero no te sentís bien… Te gustan más los aplausos a veces. También pasa que han aplaudido como chanchos y después juntás 25 centavos. Pero en realidad al final del día la moneda se junta, si venís temprano. Si hay algo que no se puede negar, es que el tren da de comer.”
 Para Lucio la clave del éxito está en la energía que transmiten a la hora de ponerse a tocar, y en la humildad: “Para mí no hay diferencias entre tocar sobre un escenario y en el tren. Hemos tocado para 200, 500 personas, y es lo mismo, porque la entrega es la misma”. Y cuando se les pregunta si no están cansados ya de tocar siempre los mismos temas, confiesan que sí, pero que los aprenden a redescubrir. “¿Sabés que es lo que hace que valga la pena? Los aplausos.”, cuenta David. Él tiene su banda en paralelo, “Pasajeros del tren”, y una modesta sala de ensayo en su casa; Lucio ha colaborado con grandes folcloristas como Los Kjarkas, también es sesionista y grabó bandas sonoras de películas, sin embargo, ambos eligen seguir tocando sobre los vagones.


 Todxs brindan servicios de lo más diversos: chocolates, enchufes, billeteras, canciones cantadas o instrumentales, tangos, huaynos, baladas de rock, panchos, gaseosas, figuritas, lo que el cliente demande. Aunque desde afuera parezca lo contrario, el trabajo arriba del tren es uno como cualquier otro, que les permite vivir, que se hace todos los días en horarios fijos, y que trae consigo algo más que nadie puede explicar pero que los mantiene ahí arriba por décadas, más allá de lo que ganen.

Octubre/12

No hay comentarios:

Publicar un comentario