Existe una clase de viajantes del –a veces tristemente- célebre Sarmiento que no es pasajera: se trata de una tripulación que viaja a contramano y a contraturno, y día tras día encuentra en esos vagones su fuente de trabajo, ya sea vendiendo artículos “para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama” o musicalizándonos un par de estaciones.
“Para
alguien que viaja a estudiar o al trabajo, como mucho hace dos viajes de una
hora al día, pero lxs que laburamos acá estuvimos en todos los horarios, en
todas las estaciones, conocemos todo lo que pasa acá arriba. Y antes se vivían
cosas duras…”, confiesa Julio, que lleva quince
años trabajando como vendedor y es uno de los voceros más importantes de las
asambleas de la ex línea Sarmiento, que se hacen cada miércoles en la estación vieja
de Haedo. Cuenta además que hasta hace unos ocho años la relación entre lxs vendedorxs
era mucho más competitiva y las cuestiones se arreglaban a las trompadas -si es
que esa es una forma de arreglar algo-, pero por suerte en el último tiempo las
cosas cambiaron; se conformó un grupo fijo de entre doscientas y trescientas
personas, con pocas pero estrictas normas de convivencia.
Nunca
fue tarea fácil conseguirse un lugar en el tren: generalmente es un trabajo
heredado, de otra forma es necesario que alguien que ya está trabajando dentro
te lleve y presente. Tampoco termina ahí, porque hay que saber ganarse el
derecho de piso. Pero el hecho de que sea un grupo tan cerrado no es tampoco un
capricho, no se trata de una secta. Julio, que viene de generaciones de
vendedorxs, explica: “Nosotrxs tratamos
de cuidar la línea, pensá que hay quinientas familias comiendo del tren, y no
podemos meter a cualquiera”. Lucio Wayra es un multiinstrumentista boliviano
que lleva 35 años tocando folclore latinoamericano en el transporte público, y señala: “Más de una vez hemos tenido
que bajar a algunxs que se habían puesto a tocar acá, sin saber. Nos acercamos,
les explicamos tranquilamente cómo funciona: te podemos traer, y capaz lxs
músicxs te aceptamos, pero si lxs vendedorxs dicen que no, no hay caso. Son
mayoría. Que prueben en otra línea.” El único grupo al que no bajan es el
de repartidores de tarjetitas, que no tienen relación con lxs trabajadorxs del
tren. Comenta Lucio: “Es una lástima pero
no podemos hacer nada, en su mayoría son menores y van a seguir estando ahí, no
depende de nosotrxs. Cuando veo a esxs niñxs les digo que tendrían que estar en
la escuela, que son lxs adultxs quienes tienen que estar ahí dando la cara y no
ellxs.” Sería importante repensar de quién dependen, y si no es a fin de
cuentas responsabilidad de todxs lxs viajantes el permitir que sigan ahí
mendigando, en vez de ofrecerles una alternativa mejor.
Hay
también diferencias entre ambos grupos, ya que no tienen la misma rutina. Quienes
venden se reparten las estaciones en tres secciones, sin posibilidad de cambio:
una va desde Once hasta Liniers, la otra recorre de Liniers hasta Castelar, y la
otra de Castelar a Moreno. Por su parte, lxs músicxs tienen la libertad de
subir y bajar en la estación que quieran, y pueden quedarse tocando el tiempo
que les parezca necesario, o que el público les permita. “Hubo veces que yo me subí en Merlo y seguí hasta el final. La gente se
portó tan bien que no pasé la gorra, no me da para pensarlo como un laburo
cuando estoy compartiendo algo que me gusta”, comenta David, un versátil guitarrista
que llena los vagones de clásicos de rock a pedido de la audiencia. Los
horarios dependen de cada cual, según el rubro y el humor, siempre evitando la
hora pico y el oleaje de pasajerxs que migran de la provincia a la ciudad y
viceversa.
Existen
algunos códigos básicos, como por ejemplo que entre vendedorxs no pueden
“pincharse” la mercadería, esto es, no puede haber más de una persona vendiendo
lo mismo a un precio distinto, pues entonces quien vende más barato saca
ventaja por sobre quien no. Para entrar a los trenes se hacen colas, y si bien
se respeta el orden de llegada, ponen especial atención en el respeto por lxs
vendedorxs más viejxs. Ellxs vienen trabajando la línea hace décadas, se han
ganado tener prioridad frente al resto y mejores horarios, entonces sus
compañerxs más jóvenes les cedan los trenes. Por último, quienes tocan dejan
pasar primero a quienes venden, puesto que hacen la pasada en menos tiempo.
En
todos los relatos hay una constante: se llega por la necesidad, ya sea por
tradición familiar, como Julio o David, o por gente que te lleva a probar
suerte, como Lucio, que cayó en el tren después de pasar un tiempo tocando en
el subte con otro grupo de músicos. Ahora, una vez adentro, el objetivo deja de
ser sólo sobrevivir, y les resulta casi imposible pensar sus vidas fuera de los
rieles, incluso cuando se les presentan alternativas más lucrativas.
“Acá hay mucha gente que tuvo otros
trabajos, pero siempre vuelven. Yo mismo fui subgerente en empresas, trabajé en
varios lados, y sin embargo siempre volvés al tren, te tira”, señala Julio.
También comenta que está quien nace para vender y quien no: “Ves algunxs que son ingeniosxs, que un día
compran una cosa y al otro caen con un producto nuevo, se las rebuscan. Después
están lxs que sólo copian, ésos lo hacen por la moneda, pero hay otrxs que ya
con pararse te están vendiendo.”
Y
desde el costado artístico, hacer música en el tren es radicalmente distinto a
cualquier otro escenario: se trata de interpelar a un público que no eligió
escucharlxs, no pagó una entrada, y hace falta ganárselo. Es un desafío
interesante, que si se sabe afrontar, deja sus frutos. Lxs músicxs del tren
tocan para ganar dinero, eso es cierto, pero más lo hacen por el disfrute y
porque buscan sacar su arte a la calle, compartir lo que tanto aman. David marca
claramente una distancia: “Ha pasado que
no te dan pelota, pasás la gorra y te la llenan de plata, pero no te sentís
bien… Te gustan más los aplausos a veces. También pasa que han aplaudido como
chanchos y después juntás 25 centavos. Pero en realidad al final del día la
moneda se junta, si venís temprano. Si hay algo que no se puede negar, es que
el tren da de comer.”
Para
Lucio la clave del éxito está en la energía que transmiten a la hora de ponerse
a tocar, y en la humildad: “Para mí no hay
diferencias entre tocar sobre un escenario y en el tren. Hemos tocado para 200,
500 personas, y es lo mismo, porque la entrega es la misma”. Y cuando se
les pregunta si no están cansados ya de tocar siempre los mismos temas,
confiesan que sí, pero que los aprenden a redescubrir. “¿Sabés que es lo que hace que valga la pena? Los aplausos.”, cuenta
David. Él tiene su banda en paralelo, “Pasajeros del tren”, y una modesta sala
de ensayo en su casa; Lucio ha colaborado con grandes folcloristas como Los
Kjarkas, también es sesionista y grabó bandas sonoras de películas, sin
embargo, ambos eligen seguir tocando sobre los vagones.
Todxs brindan servicios de lo más diversos:
chocolates, enchufes, billeteras, canciones cantadas o instrumentales, tangos,
huaynos, baladas de rock, panchos, gaseosas, figuritas, lo que el cliente
demande. Aunque desde afuera parezca lo contrario, el trabajo arriba del tren
es uno como cualquier otro, que les permite vivir, que se hace todos los días
en horarios fijos, y que trae consigo algo más que nadie puede explicar pero
que los mantiene ahí arriba por décadas, más allá de lo que ganen.
Octubre/12
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