martes, 1 de octubre de 2013

Santa Juana

“Las calles, las plazas y los supermercados de cada ciudad a la que vamos se llenan como nunca de infinitos colores, de partidos políticos, de risas, de organizaciones, de niñitxs que corren, de mujeres que se abrazan. Ocurre magia por donde mires. Es que no es un capricho el querer librarse de la opresión patriarcal que tenemos todxs encima; es la necesidad de darle lugar a nuestros sentimientos más básicos, de conectarnos con la tierra, de disfrutar la diversidad, de permitir el juego, de repartir amor. Y todo eso se junta en unas ganas locas de romper todo, de decir: ‘Locx, acá estamos y queremos nuestras propias reglas, horizontales, colectivas y justas para todxs’.” –Alejandra Lescarboura dixit.



 Desde que tenemos memoria, las mujeres argentinas fuimos marginadas de las esferas públicas y los sitios de poder, y no fue sino después de largas luchas y mucha perseverancia que conseguimos garantizar nuestros derechos básicos. Cuestiones que lxs que nacimos en democracia difícilmente nos pongamos a pensar, sencillamente porque nos parece lo más natural del mundo que los colegios sean mixtos, que las mujeres participen del sufragio, o que madre y padre se hagan cargo de mantener a sus hijxs por igual, por ejemplo. Sin embargo, la primera Escuela Normal mixta se instaló recién 1859, el voto femenino, se efectivizó a nivel nacional recién en 1948 y la patria potestad compartida llegó recién con Alfonsín. Y así como se superaron esos obstáculos, hoy cumpliéndose tres décadas de democracia continua (muy digna de celebración) necesariamente tenemos que reflexionar sobre su efectividad y sus fisuras. Y así asistimos una vez más al XXVIII Encuentros Nacional de Mujeres (ENM): para debatir, fortalecernos, acompañarnos, compartir, y hacerle frente a las opresiones cotidianas, que de tan naturalizadas se nos escapan pero que son posibles de modificar.
 Este año nos reunimos en San Juan, que recibió con mucho desconocimiento y otro tanto de temor a las más de 20 mil mujeres autoconvocadas que llenaron de estrógeno las calles cuyanas. En el transcurso del encuentro se celebraron 58 talleres, dentro de los cuales se destacó “Mujeres Trans”, inaugurado este año, y que vino a cambiar la mirada sobre el alcance de lo femenino. Se habló de la transfobia, de los problemas de las personas trans  para conseguir trabajo, de la precariedad del sistema de salud y la heteronormatividad imperante que excluye y esconde lo diverso, entre otras cosas.
 Cuestionamos nuestro rol como mujeres, analizamos el estereotipo que se montó históricamente sobre nuestros cuerpos y voces. En cada ronda de debate, donde todas tuvimos la palabra sin distinción alguna de clase, formación académica, color político, elección sexual, credo o nacionalidad, construimos consensos y nos sacamos las vendas las unas a las otras. Lo que se respira en un ENM es una alegre rebeldía, porque las mujeres que nos acercamos tomamos conciencia de que este movimiento se engrandece cada día más y nos fortalecemos juntas. Porque dejamos atrás el papel de costillas y asumimos un rol activo, protagonista, en la lucha por nuestros derechos, sin miedo al qué dirán, peleándole a toda moral opresora lo que nos vino enseñando: la culpa por el cuerpo y a mantenernos sumisas y calladas.
 El día 23 se celebró la apertura del encuentro y arrancamos a desfilar por las aulas de la ciudad: Mujer y medio ambiente; Mujer y salud mental; Mujer y feminismos; Mujer, poder y política; Mujer y sistema penitenciario; Mujer y pueblos originarios; Mujer y sindicato; fueron algunos de los tantos talleres que se desarrollaron, desdoblándose muchos de ellos en 3, 5 o 7 grupos por la cantidad de participantes. Por supuesto los más convocantes fueron el de violencia de género, el de trata de personas y el polémico y necesario Estrategias para el acceso al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Esa noche se organizó la Marcha del Orgullo LGBT en la cara misma de una ciudad muy conservadora y ultracatólica. Al otro día nos ocupamos de la problemática particular que afecta a la sede: el modelo extractivista y los desmanes de la megaminería. Hubo una gran marcha contra la Barrick Gold (desde 2009 explota la mina a cielo abierto de Pascua Lama, compartida con Chile) que terminó en un escrache en el Ministerio de Minería.
 Por último el domingo 24, después de dos tandas de talleres donde continuamos con lo charlado el día anterior, participamos de la habitual marcha, que nos llevó hasta la catedral principal entre cantos y estencileadas, bombos, muchas botellas de agua, tetas al aire y mujeres de todas partes, representando cada generación, riendo juntas y haciéndonos visibles.
 Nos encontramos con una iglesia acordonada de fieles rezando, con los ojos clavados en el cielo, en una especie de mantra colectivo que trataba débilmente de contrarrestar la fuerza y la furia de las mujeres marchando. Estos momentos son quizá los más difíciles, y de los que se valen los medios para tratar de desmerecer el enorme logro que es la celebración cada año de un Encuentro de Mujeres así de multitudinario y horizontal. El diálogo con la institución eclesiástica sobre el aborto es prácticamente imposible, y mientras se autoadjudican nombres como “pro-vida”, van dejando morir a las mujeres clandestinamente. Por eso la bronca y el escrache, por eso la falta total de respeto a una institución que nos reprime. Tampoco se trata de una cuestión de fe, porque lo que se ataca es el símbolo, el edificio, las reglas impuestas, y no a lxs creyentes. No queremos destruir el matrimonio monógamo, ni la religión católica. Queremos mostrar en todas partes que existen formas de vivir más dignas, más igualitarias y que no queremos más muertes evitables ni derechos pisoteados.
 Balanceando treinta años en democracia, nos damos cuenta que la igualdad entre lxs ciudadanxs aparece sólo en palabras. Si bien hubo muchos avances simbólicos, la mitad del pueblo está un escalón más abajo por el mero hecho de haber nacido mujer: ganamos en promedio un 25% menos que el hombre por el mismo trabajo, ocupamos mayormente puestos en negro, se nos impone la maternidad como un deber y no como un derecho o una opción, somos víctimas de una tasa en aumento de femicidios y de las redes de trata de personas, nuestro intelecto es subestimado, y se nos publicita como objetos sexuales o servicios domésticos.
 Hay muchas y muchos que se creen el cuento. Que se embanderan de patriarcado y binarismo, como si las construcciones sociales fueran eternas por la fuerza de la costumbre, como si no pudiéramos hacer nada para modificar una realidad que no nos satisface. También hay muchas y muchos que abrimos los ojos, y le damos lugar a espacios de discusión realmente democráticos, buscando el consenso, buscando desnaturalizar y llevarnos a casa sonrisas e ideas para cambiar nuestra cotidianeidad.


Octubre/13

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