En la esquina de Caseros y Llavallol hay una mansión colorida que se destaca entre las casas bajas y los edificios altos del barrio de Haedo, mitad por su belleza arquitectónica, mitad más uno por las innumerables alegrías que gesta cada día. Hablamos, claro, del Transformador. Una casa en movimiento, un refugio, donde nadie se siente extranjerx.
Cruzando un gran portón de rejas se pasa al interior de este
chalet de principios del siglo XX, repleto de árboles, murales y huellas que
van dejando todxs lxs que formaron y forman este proyecto. La mayoría de las
personas que participan activamente llegó convocada por alguno de los talleres,
que funcionan como una llave para ir metiéndose de a poco en el resto de los
espacios: están el de Género, nacido tras el Encuentro de Mujeres de Tucumán en
2009; el de Niñez y Juventud, que desde el año pasado articula la Casa de Día,
en la casa misma, con la Casa de Noche, en Morón, por las cuales circula un
grupo de casi cien chicxs con experiencias de vida en calle; y el de Arte y
Cultura, que comprende la Asamblea de Jóvenes, la Biblioteca Comunitaria, que
sufrió un incendio hace pocos meses y la está en vías de reconstrucción, los Talleres (swing, tela,
teatro, ensamble, clown, percusión, trapecio, radio, y etcéteras varios), y por
supuesto la pata de Eventos Artísticos, que abre la casona cada fin de semana
para invitarnos a disfrutar algo de música, amor, humor y las delicias de su
buffet caserito.
Pero este gran volcán autogestivo no nació de un repollo. El
chalet, proyectado por el arquitecto Arístides Bigliani, se terminó de
construir en 1926 y fue habitado en un principio por la familia del ex
gobernador bonaerense Manuel Fresco; tras su muerte se convirtió en un salón de
fiestas, que más adelante cerró. Le siguió entonces un período bastante oscuro,
en el que la casona permaneció abandonada durante más de una década, fue
saqueada por lxs vecinxs, empezó a caerse a pedazos y también fue aguantadero
de algún que otro grupo de aventurerxs con ganas irrumpir en la “mansión
embrujada”.
Mientras tanto llegó el 2001, año del desastre, pero también año
de muchos despertares. Un puñado de jóvenes que había participado de la
Asamblea de Vecinos de Haedo comenzó a montar un merendero para ayudar a quienes
vivían en los vagones en desuso del Sarmiento. Se trasladaron de una casa a
otra, hasta llegar a mediados de 2002 a su hogar definitivo, al que bautizaron
“El Transformador”. Con el permiso de la familia Fresco, una vecina les entregó
la llave y hacia allá fueron: tenían una mansión destruida y muchísimas ganas
de construir futuro. Hubo que ponerle el cuerpo y reacondicionar el lugar casi
desde los cimientos, porque tanto tiempo de olvido no se arregla así como así.
Se vinieron los vientos de cambio, bajo la bandera de “Rebeldía,
alegría y organización”, el mismo lema que siguieron todas las generaciones que
dejaron su semilla en el Transfo. Unos talleres sucedieron a otros, lxs profes
de ayer ya no son lxs mismxs de hoy (de hecho, no queda en actividad ningunx de
lxs miembros originales, aunque no se perdió el contacto), los proyectos
crecieron y se consolidaron, y el flujo de visitantes también fue variando.
Esto, lejos de ser un punto en contra, es parte de la dinámica misma de la casa,
que está continuamente en movimiento. Aquí no hay partidos, edades, colores,
jerarquías; el espíritu de horizontalidad, asamblea y autogestión continúa
intacto.
Sin embargo, por mucho que lo lamentemos, existen el dinero y la
herencia. Hoy, once años más tarde, la casa se encuentra en una encrucijada legal:
por un lado, enfrenta un juicio de desalojo por parte de lxs nietxs de Fresco,
en el Juzgado Civil y Comercial N° 11 de Morón, a cargo
de la jueza Gabriela Fernanda Gil; por el otro, se inició el proyecto de Ley de
Expropiación, que dejaría el chalet en manos del comodato del Municipio de
Morón, por ende, de lxs que trabajan en el lugar. Es importante recordar que en
1992 el edificio fue declarado Monumento Histórico, con lo cual, más allá de las
ambiciones demoledoras de lxs herederxs, que casualmente tienen una
inmobiliaria, no podrían tirarlo abajo. Ambos procesos se dieron en paralelo,
pero a principios de septiembre lxs pusieron contra la espada y la pared,
porque la jueza Gil estaba a punto de decantar a favor de la familia Fresco, tanto
es así que, el miércoles 11, se les comunicó que directamente les prohibía
presentar cualquier tipo de defensa, dado que el valor del inmueble superaba
cualquier argumento que pudieran ofrecer. “Ese día empezamos a llenar las redes
sociales, yo estaba tratando de juntar 500 personas que vinieran a plantarse
acá, porque esa es la cantidad que estipula la ley para que no puedan
desalojarte. Es que de acá no nos saca nadie, la casa es de todos.”, comenta
Camila, habitué de la casa desde el 2009 y participante de los espacios de
Género y la Casa de Día. Al día siguiente, jueves 12, salió un tiro para el
lado de nuestra justicia: el Senado dio la aprobación que le faltaba a la Ley
de Expropiación. “Ahora nos queda presentarle los papeles correspondientes a la
jueza para frenar el juicio. Después, nos quedan 5 años para que el Poder
Ejecutivo se haga cargo de la expropiación y le pague a la familia. Si eso no
pasa, volvemos a donde estábamos, que es a una carta del desalojo. Por eso
decimos que esto todavía no terminó, pero por lo menos estamos más tranquilos y
confiamos en que se pague a tiempo.”, advierte Ailín, transformadora desde el
2010, tallerista y miembro también del espacio de Calle. El monto a pagar por
el Estado Provincial es de $400.000 (cuatrocientos mil pesos), lo cual para un
órgano estatal y para una familia de alta alcurnia -como es la que pelea el
desalojo-, es casi un vuelto, pero para el equipo transformador es una cifra
más que difícil de recaudar.
Queda entonces esperar, sin dejar de luchar, de
resistir y de empujar para que se cumpla el pasaje definitivo a manos públicas,
para que El Transformador, que ya es de todxs, lo sea también en los papeles.
Octubre/13
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