martes, 1 de octubre de 2013

Refugio de todxs

En la esquina de Caseros y Llavallol hay una mansión colorida que se destaca entre las casas bajas y los edificios altos del barrio de Haedo, mitad por su belleza arquitectónica, mitad más uno por las innumerables alegrías que gesta cada día. Hablamos, claro, del Transformador. Una casa en movimiento, un refugio, donde nadie se siente extranjerx.


 Cruzando un gran portón de rejas se pasa al interior de este chalet de principios del siglo XX, repleto de árboles, murales y huellas que van dejando todxs lxs que formaron y forman este proyecto. La mayoría de las personas que participan activamente llegó convocada por alguno de los talleres, que funcionan como una llave para ir metiéndose de a poco en el resto de los espacios: están el de Género, nacido tras el Encuentro de Mujeres de Tucumán en 2009; el de Niñez y Juventud, que desde el año pasado articula la Casa de Día, en la casa misma, con la Casa de Noche, en Morón, por las cuales circula un grupo de casi cien chicxs con experiencias de vida en calle; y el de Arte y Cultura, que comprende la Asamblea de Jóvenes, la Biblioteca Comunitaria, que sufrió un incendio hace pocos meses y la está en vías de  reconstrucción, los Talleres (swing, tela, teatro, ensamble, clown, percusión, trapecio, radio, y etcéteras varios), y por supuesto la pata de Eventos Artísticos, que abre la casona cada fin de semana para invitarnos a disfrutar algo de música, amor, humor y las delicias de su buffet caserito.
 Pero este gran volcán autogestivo no nació de un repollo. El chalet, proyectado por el arquitecto Arístides Bigliani, se terminó de construir en 1926 y fue habitado en un principio por la familia del ex gobernador bonaerense Manuel Fresco; tras su muerte se convirtió en un salón de fiestas, que más adelante cerró. Le siguió entonces un período bastante oscuro, en el que la casona permaneció abandonada durante más de una década, fue saqueada por lxs vecinxs, empezó a caerse a pedazos y también fue aguantadero de algún que otro grupo de aventurerxs con ganas irrumpir en la “mansión embrujada”.
 Mientras tanto llegó el 2001, año del desastre, pero también año de muchos despertares. Un puñado de jóvenes que había participado de la Asamblea de Vecinos de Haedo comenzó a montar un merendero para ayudar a quienes vivían en los vagones en desuso del Sarmiento. Se trasladaron de una casa a otra, hasta llegar a mediados de 2002 a su hogar definitivo, al que bautizaron “El Transformador”. Con el permiso de la familia Fresco, una vecina les entregó la llave y hacia allá fueron: tenían una mansión destruida y muchísimas ganas de construir futuro. Hubo que ponerle el cuerpo y reacondicionar el lugar casi desde los cimientos, porque tanto tiempo de olvido no se arregla así como así.
 Se vinieron los vientos de cambio, bajo la bandera de “Rebeldía, alegría y organización”, el mismo lema que siguieron todas las generaciones que dejaron su semilla en el Transfo. Unos talleres sucedieron a otros, lxs profes de ayer ya no son lxs mismxs de hoy (de hecho, no queda en actividad ningunx de lxs miembros originales, aunque no se perdió el contacto), los proyectos crecieron y se consolidaron, y el flujo de visitantes también fue variando. Esto, lejos de ser un punto en contra, es parte de la dinámica misma de la casa, que está continuamente en movimiento. Aquí no hay partidos, edades, colores, jerarquías; el espíritu de horizontalidad, asamblea y autogestión continúa intacto.
 Sin embargo, por mucho que lo lamentemos, existen el dinero y la herencia. Hoy, once años más tarde, la casa se encuentra en una encrucijada legal: por un lado, enfrenta un juicio de desalojo por parte de lxs nietxs de Fresco, en el Juzgado Civil y Comercial N° 11 de Morón, a cargo de la jueza Gabriela Fernanda Gil; por el otro, se inició el proyecto de Ley de Expropiación, que dejaría el chalet en manos del comodato del Municipio de Morón, por ende, de lxs que trabajan en el lugar.  Es importante recordar que en 1992 el edificio fue declarado Monumento Histórico, con lo cual, más allá de las ambiciones demoledoras de lxs herederxs, que casualmente tienen una inmobiliaria, no podrían tirarlo abajo. Ambos procesos se dieron en paralelo, pero a principios de septiembre lxs pusieron contra la espada y la pared, porque la jueza Gil estaba a punto de decantar a favor de la familia Fresco, tanto es así que, el miércoles 11, se les comunicó que directamente les prohibía presentar cualquier tipo de defensa, dado que el valor del inmueble superaba cualquier argumento que pudieran ofrecer. “Ese día empezamos a llenar las redes sociales, yo estaba tratando de juntar 500 personas que vinieran a plantarse acá, porque esa es la cantidad que estipula la ley para que no puedan desalojarte. Es que de acá no nos saca nadie, la casa es de todos.”, comenta Camila, habitué de la casa desde el 2009 y participante de los espacios de Género y la Casa de Día. Al día siguiente, jueves 12, salió un tiro para el lado de nuestra justicia: el Senado dio la aprobación que le faltaba a la Ley de Expropiación. “Ahora nos queda presentarle los papeles correspondientes a la jueza para frenar el juicio. Después, nos quedan 5 años para que el Poder Ejecutivo se haga cargo de la expropiación y le pague a la familia. Si eso no pasa, volvemos a donde estábamos, que es a una carta del desalojo. Por eso decimos que esto todavía no terminó, pero por lo menos estamos más tranquilos y confiamos en que se pague a tiempo.”, advierte Ailín, transformadora desde el 2010, tallerista y miembro también del espacio de Calle. El monto a pagar por el Estado Provincial es de $400.000 (cuatrocientos mil pesos), lo cual para un órgano estatal y para una familia de alta alcurnia -como es la que pelea el desalojo-, es casi un vuelto, pero para el equipo transformador es una cifra más que difícil de recaudar.

 Queda entonces esperar, sin dejar de luchar, de resistir y de empujar para que se cumpla el pasaje definitivo a manos públicas, para que El Transformador, que ya es de todxs, lo sea también en los papeles.

Octubre/13

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