La cita fue en el café Vittone, a una cuadra del teatro Liceo, donde está co-protagonizando “Parque Lezama”, junto al mítico Luis Brandoni. Llega más que puntual, y después de presentarle la revista y charlar un poco de qué va esta redacción, nos ponemos a hablar de lo que nos interesa: quién es Eduardo Blanco y cómo se transformó en un ícono del teatro argentino.
Es un
desconocido conocido, lo que acá se llama “actor de reparto”, pero que
podríamos mejor llamar “actor de soporte”, como los yanquis. Es un artista que
no aparece en el foco, pero que se hace cargo de personajes fundamentales en la
historia. Comprometido con su arte, pese a los años no pierde el entusiasmo:
“Una vez escuché a Pepe Sacristán, en una mesa de debate de actores, y alguien
dijo que él podía elegir sus trabajos, y él contestó: ‘No, yo puedo
seleccionar, porque necesito trabajar.’ La aplicaría perfectamente a mí. Me siento
afortunado, porque tengo ofertas mejores de las que hubiera imaginado. No todas
las cosas que me ofrecen me vibran de la misma manera, pero siempre pienso que
se puede hacer un gran proyecto.”
Multifacético, se adapta a cualquier formato: le interesa contar historias. Eso
sí, subraya que “la escuela del actor, su lugar natural, es siempre el teatro. Ahí
podés primero aprender, segundo vivenciar en continuidad cronológica el camino
que tu personaje realiza. Dada la experiencia uno puede armar y desarmar ese
rompecabezas. Es oficio, aprendizaje estético, pero la esencia es la misma.” Asimismo,
él empezó en un grupo de teatro independiente y después debutó en las grades
tablas con “Planta Baja”, dirigida por Julio Ordano. Pasó también por la
pantalla chica, sin embargo, es principalmente recordado por la trilogía de
Campanella que incluye “El mismo amor, la misma lluvia”, “El hijo de la novia”
y “Luna de Avellaneda”.
A los 56,
Blanco ha compartido escenario con míticxs artistas, y puede sentirse absolutamente
seguro de apostar a lo que hace. Claro que no siempre fue así, hasta estuvo a
punto de “abandonar el barco” promediando los 40 años. “Había hecho un montón
de cosas, hasta produje dos programas piloto, buscándole la vuelta por donde
fuera. No me satisfacía lo que estaba haciendo. En principio rechacé las cosas
que me ofrecían en televisión, y sentí necesidad de volver a las fuentes. Tenía
un amigo en el CELCIT, y él me dijo que Carlos Ianni daba un taller montaje. Yo
no tenía auto y me iba cada miércoles a San Telmo en bondi, con un placer y una
felicidad… Ahí empezó un proceso interno de trabajo personal. Después Carlos me
invitó a participar en una co-producción del San Martín, la vio Luis Agustoni y
me invitó a hacer una obra en el Broadway, luego vino una obra con Norma
Aleandro… Se fueron abriendo puertas que antes no se abrían.”
En este camino de hormiga, aparecen dos cineastas claves en su historia:
Fernando Castets y Juan José Campanella, amigos desde la juventud. Sus caminos
fueron abriéndose; Juan viajó a EEUU para seguir perfeccionándose, pero tras
dirigir un par de películas que no tuvieron el resultado deseado, volvió a
Bs.As. “El día que vino nos juntamos en un bar, y estuvimos desde las 6 de la
tarde hasta las 5 de la mañana sin levantarnos. Ahí surgió la propuesta: ¿por
qué no hacemos algo de vuelta los tres juntos? Esa fue la semillita que terminó
siendo años después ‘El mismo amor, la misma lluvia’.”
Su
trayectoria está marcada por una idea tenaz: perseguir el deseo. “Yo tengo
cantidad de amigos profesionales, con carreras como abogacía, medicina,
ingeniería, que son clase baja o media. Entonces, ya que no hay garantías de nada,
¿por qué no hacer lo que uno quiere? O por lo menos buscarlo, ¿no?”.
¿Cómo
pensás el teatro argentino a futuro?
De una
manera maravillosa, Buenos Aires es artísticamente tremenda. Acá debe haber
arriba de 300 espectáculos por noche, es un delirio, y no solamente a nivel de
salas reducidas.
Esa
propuesta está porque hay un público que responde…
No
necesariamente es así. ¿Sabés cuántos hacen un esfuerzo enorme y después duran
3 días y tienen que bajar? Sin embargo vuelven a hacerlo. Eso es emocionante. Hace
20 años lo que era el circuito off,
estaba geográficamente limitado en Corrientes y alrededores. Hoy se ha
extendido, en cualquier sitio podés encontrar un teatro. Lo que pasó en 2001,
que mucha gente abrió teatros en sus casas, fue conmovedor. Experiencias como la
de Claudio Tolcachir: ahora reponen en Paseo La Plaza “La omisión de la familia
Coleman”, han viajado por el mundo, y su casa se transformó en Timbre 4. Es una
cosa de locos; la energía puesta en función del deseo. No nos educan para perseguirlo sino para
renunciar, con lo cual es un doble esfuerzo. Así se está conformando el mundo.
Y hay que trabajar mucho para modificarlo. Desde el arte se puede, pero primero
están la salud, la educación. Ken Robinson tiene una mirada sobre la creatividad
con la que yo coincido bastante: nacemos con una creatividad 100%, y las
escuelas nos la van cercenando porque fueron formadas en la época industrial
con el objetivo de conseguir trabajo. Vos te equivocás y tenés un cero, o te
vas a marzo. Yo creo que ahí hay mucho que hacer.
¿Cómo
llegó a vos “Parque Lezama”?
El
original, “Yo no soy Rapaport”, es una obra que Campanella vio en los ’80 en Nueva
York y le fascinó. Lo último que yo había hecho en teatro antes de esto fue “El
reportero”. Juan me vino a ver, nos fuimos a cenar, y ahí me volvió a hablar
sobre esta obra y me la dio para leer. La verdad me gustó mucho, y empezamos a
avanzar con la idea de hacerla acá en el Liceo. Conseguimos los derechos, las
agendas, él quería dirigir por primera vez en teatro, y se fue armando. A la
gente le gusta mucho, es una comedia, y esperamos estar hasta fin de año por lo
menos.
Mayo/14
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