De las entrañas ginasteras y las callecitas del oeste, que tienen ese qué sé yo, nació una orquesta que interpreta bandas sonoras de películas que aun no se filmaron. Si bien hacen música plenamente instrumental, no por eso carece de mensajes: siempre nos dejan alguna imagen, se van armando paisajes en los oídos.
Allá por
el 2011, Jorge Sottile andaba subido al escenario probando un proyecto solista
con su bandoneón, después de haber diluido su última banda. Sin embargo, no
pasaron muchas lunas hasta que empezó a crear una nueva fórmula: la Sándalo
Orquesta. “Tuve un par de recitales solo, pero me nacían otras voces. Me cuesta
menos escribir para varios instrumentos que para uno solo. La primera parte de
Sándalo fuimos cuatro, convoqué a un clarinetista (Pablo Trillo), Mariano
(Arrigoni), el bajista, y Javier (Schirmo), el pianista, que estuvo hasta hace
unos días. No llegó a estar tan logrado el ensamble y hubo una pausa. Ahí volví
a escribir para los instrumentos que se me ocurrieran. En esa pausa convoqué a
los demás, que son Sándalo ahora”, indica el líder de la banda, que es además
encargado de la composición, arreglo y dirección de todos los temas.
Hablando
de las muchas tareas que desempeña el líder, Ignacio Larrañaga, el cellista, me
dice en chiste que “Sándalo es él”, pero bien se nota cuando tocan que todos
son engranajes fundamentales. Agrega Sottile: “A veces hasta yo me siento de
más en algún arreglo, con el bandoneón. Es el que menos toca, y no es por
vagancia, sino porque me suenan más los otros timbres. También me permito eso,
que en algún tema no esté algún instrumento para no meterlo a la fuerza.”
En cada espectáculo nos invitan a un viaje,
pasamos por climas “impresionistas” (Sin
tiempo), tenebrosos (Susto) o humorísticos (Sufrido boxeador incluye una pelea coreográfica y sonora). Muchas
composiciones nacieron de un cuento o fueron pensadas para acompañar una obra
de teatro (Sueña el espantapájaros, Entra el gigante). Acompañan
cada pieza con un gran dominio escénico, algo en lo que Marcos Tesoro, director
teatral, les dio una buen empujón, y desde ahí se la juegan más con el público,
al que hacen gritar y bailar. Muchxs dicen que hacen “música de película”, y
parecen estar en lo correcto. Podemos afirmar que hay ecos de tango, más que
nada en el manejo de los matices. Podemos hablar de jazz, de fusiones y
folklores varios, de una fuerte impronta rockera potenciada por la batería de
Charly Fernández, prescindiendo de guitarras eléctricas y amplificadores al
mango. Añade el director: “Es muy pop Sándalo, en el sentido de que lo puede
escuchar mucha gente de distintos gustos y edades. Desde nenitos de 3 años
hasta gente grande”. Podemos, finalmente, darnos por vencidxs, entender que no
encajan en ningún estilo sino que se nutren de varios.
Entre
ires y venires, cambios y reemplazos, la banda se terminó de establecer con
Facundo Sacco en violín y Sebastián Puntillo en clarinete. Enfrentan el ser
ocho personas con instrumentos bastante complicados de trasladar, pero pudieron
igualmente afianzarse como grupo humano y superar esas dificultades. Por
ejemplo, durante todo junio hicieron un ciclo en Old Rotten, donde tenían que
agregar pedacitos de escenario con cajones de cerveza, para que pudiese entrar
el vibráfono de Jorge Glocer, o el puntal del cello. Y cuando se sumó Natalia
Álvarez, cellista invitada, directamente tuvieron que sacar el escenario. En
ocasiones presentaron una versión recortada de la orquesta, pero ahora que
tienen un disco de todos, hacen lo imposible para que nadie falte.
En
diciembre de 2012, después de dos años de venir tocando juntos, ya habían
despegado de las partituras, maduraron el sonido y se aventuraron a grabar su
primera placa, homónima, que salió a la venta a principios de este año.
Decidieron ser fieles al vivo: “Sándalo tiene un laburo muy camarístico, está
pensado para que suene sin necesidad de amplificación. Nos basamos mucho en
entradas con gestos, ¿cómo íbamos a hacerlo si no estaba todo eso? Iba a salir
otra cosa, y se iba a complicar mucho. Justo en ese momento mi hermano quiso
hacerme un regalo y me produjo gran parte de los gastos de grabación, eso ayudó
a que vayamos a Ion, un estudio que se dedicó siempre a grabar orquestas de esa
manera”, explica Jorge. Ignacio, con una enorme sonrisa, añade: “Fuimos a
grabar donde lo hacían Piazzolla, Troilo y Pugliese. ¡Espectacular!”. El diseño
quedó en manos de Stella Maris Santiago, y si le añadimos las manos maestras de
lxs técnicxs del legendario estudio, que se encargaron de la mezcla y
masterización, y ya no puede fallar.
En
internet encontramos muchas muestras gratis de su disco, sea en formato de
audio o video, pero para conseguirlo hay que ir a un recital, buscarlo en
ciertas disquerías o pedirlo a través del Club del Disco. “Es súper caro hacer
un disco. Y cuando estás adentro, te das cuenta del laburo que lleva y ahí lo
valorás. Si disfrutás de la música, está buenísimo que puedas comprar el disco
y ayudar a esto a seguir avanzando. Lo económico muchas veces o traba o retrasa
ciertas cosas. Yo vengo del rock: es una educación medio deforme y me tengo que
sacar esos pensamientos de desvalorización de lo artístico. Cuando tenía mis
primeras bandas pagaba por tocar, ahora ni en pedo. Me parece una falta de
respeto de parte del contratante que te plantee que haya una posibilidad de
pérdida. Cuando tocás en algún bar, estamos asociándonos, porque si no terminás
laburando para él. Estamos parados en un lado más profesional con lo que
hacemos. No sé si voy a ganar mucha plata, pero de alguna forma le dedico mucho
tiempo de mi vida para que esto sea así. Yo estoy entregado a eso porque sé que
es lo que mejor me sale y más me gusta hacer”, sintetiza el bandoneonista,
mientras dejamos el altillo de Éfeso, en Ituzaingó, una de las librerías claves
a donde ir a pedir su disco.
Julio/14
No hay comentarios:
Publicar un comentario