martes, 1 de julio de 2014

Música de películas no filmadas (todavía)

De las entrañas ginasteras y las callecitas del oeste, que tienen ese qué sé yo, nació una orquesta que interpreta bandas sonoras de películas que aun no se filmaron. Si bien hacen música plenamente instrumental, no por eso carece de mensajes: siempre nos dejan alguna imagen, se van armando paisajes en los oídos.



 Allá por el 2011, Jorge Sottile andaba subido al escenario probando un proyecto solista con su bandoneón, después de haber diluido su última banda. Sin embargo, no pasaron muchas lunas hasta que empezó a crear una nueva fórmula: la Sándalo Orquesta. “Tuve un par de recitales solo, pero me nacían otras voces. Me cuesta menos escribir para varios instrumentos que para uno solo. La primera parte de Sándalo fuimos cuatro, convoqué a un clarinetista (Pablo Trillo), Mariano (Arrigoni), el bajista, y Javier (Schirmo), el pianista, que estuvo hasta hace unos días. No llegó a estar tan logrado el ensamble y hubo una pausa. Ahí volví a escribir para los instrumentos que se me ocurrieran. En esa pausa convoqué a los demás, que son Sándalo ahora”, indica el líder de la banda, que es además encargado de la composición, arreglo y dirección de todos los temas.
 Hablando de las muchas tareas que desempeña el líder, Ignacio Larrañaga, el cellista, me dice en chiste que “Sándalo es él”, pero bien se nota cuando tocan que todos son engranajes fundamentales. Agrega Sottile: “A veces hasta yo me siento de más en algún arreglo, con el bandoneón. Es el que menos toca, y no es por vagancia, sino porque me suenan más los otros timbres. También me permito eso, que en algún tema no esté algún instrumento para no meterlo a la fuerza.
 En cada espectáculo nos invitan a un viaje, pasamos por climas “impresionistas” (Sin tiempo), tenebrosos (Susto) o humorísticos (Sufrido boxeador incluye una pelea coreográfica y sonora). Muchas composiciones nacieron de un cuento o fueron pensadas para acompañar una obra de teatro (Sueña el espantapájaros, Entra el gigante). Acompañan cada pieza con un gran dominio escénico, algo en lo que Marcos Tesoro, director teatral, les dio una buen empujón, y desde ahí se la juegan más con el público, al que hacen gritar y bailar. Muchxs dicen que hacen “música de película”, y parecen estar en lo correcto. Podemos afirmar que hay ecos de tango, más que nada en el manejo de los matices. Podemos hablar de jazz, de fusiones y folklores varios, de una fuerte impronta rockera potenciada por la batería de Charly Fernández, prescindiendo de guitarras eléctricas y amplificadores al mango. Añade el director: “Es muy pop Sándalo, en el sentido de que lo puede escuchar mucha gente de distintos gustos y edades. Desde nenitos de 3 años hasta gente grande”. Podemos, finalmente, darnos por vencidxs, entender que no encajan en ningún estilo sino que se nutren de varios.
 Entre ires y venires, cambios y reemplazos, la banda se terminó de establecer con Facundo Sacco en violín y Sebastián Puntillo en clarinete. Enfrentan el ser ocho personas con instrumentos bastante complicados de trasladar, pero pudieron igualmente afianzarse como grupo humano y superar esas dificultades. Por ejemplo, durante todo junio hicieron un ciclo en Old Rotten, donde tenían que agregar pedacitos de escenario con cajones de cerveza, para que pudiese entrar el vibráfono de Jorge Glocer, o el puntal del cello. Y cuando se sumó Natalia Álvarez, cellista invitada, directamente tuvieron que sacar el escenario. En ocasiones presentaron una versión recortada de la orquesta, pero ahora que tienen un disco de todos, hacen lo imposible para que nadie falte.
 En diciembre de 2012, después de dos años de venir tocando juntos, ya habían despegado de las partituras, maduraron el sonido y se aventuraron a grabar su primera placa, homónima, que salió a la venta a principios de este año. Decidieron ser fieles al vivo: “Sándalo tiene un laburo muy camarístico, está pensado para que suene sin necesidad de amplificación. Nos basamos mucho en entradas con gestos, ¿cómo íbamos a hacerlo si no estaba todo eso? Iba a salir otra cosa, y se iba a complicar mucho. Justo en ese momento mi hermano quiso hacerme un regalo y me produjo gran parte de los gastos de grabación, eso ayudó a que vayamos a Ion, un estudio que se dedicó siempre a grabar orquestas de esa manera”, explica Jorge. Ignacio, con una enorme sonrisa, añade: “Fuimos a grabar donde lo hacían Piazzolla, Troilo y Pugliese. ¡Espectacular!”. El diseño quedó en manos de Stella Maris Santiago, y si le añadimos las manos maestras de lxs técnicxs del legendario estudio, que se encargaron de la mezcla y masterización, y ya no puede fallar.
 En internet encontramos muchas muestras gratis de su disco, sea en formato de audio o video, pero para conseguirlo hay que ir a un recital, buscarlo en ciertas disquerías o pedirlo a través del Club del Disco. “Es súper caro hacer un disco. Y cuando estás adentro, te das cuenta del laburo que lleva y ahí lo valorás. Si disfrutás de la música, está buenísimo que puedas comprar el disco y ayudar a esto a seguir avanzando. Lo económico muchas veces o traba o retrasa ciertas cosas. Yo vengo del rock: es una educación medio deforme y me tengo que sacar esos pensamientos de desvalorización de lo artístico. Cuando tenía mis primeras bandas pagaba por tocar, ahora ni en pedo. Me parece una falta de respeto de parte del contratante que te plantee que haya una posibilidad de pérdida. Cuando tocás en algún bar, estamos asociándonos, porque si no terminás laburando para él. Estamos parados en un lado más profesional con lo que hacemos. No sé si voy a ganar mucha plata, pero de alguna forma le dedico mucho tiempo de mi vida para que esto sea así. Yo estoy entregado a eso porque sé que es lo que mejor me sale y más me gusta hacer”, sintetiza el bandoneonista, mientras dejamos el altillo de Éfeso, en Ituzaingó, una de las librerías claves a donde ir a pedir su disco.

Julio/14

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