Mil títulos coronan a Susy Shock: actriz, poeta, mujer, niño, militante, cantante, insurrecta, coplera, amante. Y todos son sólo aspectos de una humanidad comprometida consigo misma. En construcción constante, nos respondió muchísimas preguntas, y nos dejó picando tantas otras, sobre el arduo y hermoso camino de transgresión transpirada.
Se acomoda en el sillón mientras
el viento que sale del ventilador, furioso, le peina la peluca. Una pierna por
acá, otra por allá, no, mejor así y una vez que logra una posición amable sobre
el almohadón, le damos play al grabador y nos zambullimos en su mundo,
agradecidas.
“Si suponemos que soy una artista,
autodenominada sudaka, que canta bagualas, debería llamarme Amanda del Valle o
Rosa Ceibo, ¿pero por qué no puedo ser Susy Shock? ¿Y por qué hay que suponer
que si cantás folklore no tiene que ser en tacos, con estos anillos? Con mi
propia idea, mi propia mariconería”, así se presenta. Y sí, su nombre nos trae
a Susana Giménez, la Marilyn Monroe del subdesarrollo, que en los ’70, antes
del botox y el rubio platino, era el ideal de belleza de la Susy que estaba
naciendo. Pero incluso en su nombre existe un costado político, porque en lo personal lo es: “Después me entero que a la
picana en las sesiones de tortura de los milicos, le decían Susanita porque hace shock. Entonces
para mí dejó de tener esa frivolidad y empezó a ser una apropiación muy
potente.” Sentadas en un rincón del Burlesque,
en el corazón de Balvanera, nos
adentramos en la historia de ese monstruo amoroso que
reivindica su derecho a serlo.
“No tengo una fecha fundante, yo soy,
y además no reniego del niño que he sido, porque ha sido querido. No tengo una disputa, como le pasa a muchas amigas o
compañeras, que esconden las fotos de la infancia o las quemaron, las
rompieron, porque están ligadas a la violencia.” Confiesa que sus grandes
pilares han sido sus padres, que siempre la incentivaron y aceptaron cualquier
rumbo que tomara, tanto ella como sus dos hermanos, sus “amorosidades
primarias”, con los que construyó un espacio desde donde pudo hacerle frente a
la cuadratura de la sociedad.
Pero además contaba con otra poderosa arma: el
arte. “Yo me veo, de acá a que me muera, haciendo arte, el que sea, el que me dé
el cuerpo”, afirma a la Güarnin! Susy Shock, la diva que canta, recita, actúa, enseña y
ama, muchísimo. De chiquita bailaba folklore, a los 14 entró al mundo
del teatro -pasión que aún sostiene en sus Noches
Bizarras (Burlesque, Hipólito
Yrigoyen 2150, tercer sábado
de cada mes)-, y después
comenzó a dedicarse a la dramaturgia y a la poesía. Así parió dos
libros: Relatos en Canecalón y Poemario Trans Pirado, mientras espera
dulcemente que salga a la venta otro que contendrá siete obras teatrales de autoría propia.
También incursionó en el cine, y de la mano del director Edgar de
Santo, protagonizó el mediometraje Andrea:
“Mi personaje es una mujer biológica, que cuando desarrolla le viene lo que
supuestamente es la voz de un varón, y la película se pregunta qué voz hay que
tener. A esta chica le pasa lo que le pasa a todas las travas: nadie le cree
que es mujer, y le pasa con la policía, con los vínculos, con los afectos, con
el trabajo… Todo es un límite. Fue un desafío a nivel interpretativo, pero
también es parte de seguir proponiendo algo que discuta, que inquiete y
resuene”.
Susy se desacomodó del sillón
del bar en donde nos dimos cita y ahora busca una mejor posición. Estira una
pierna, después la otra y vuelve a cruzarlas. Afuera, está la calle, pasarán
autos seguramente: no lo sabemos porque absortas en sus respuestas, esas que
abren un mundo y mil posibilidades, estamos. La de la peluca castaña nos apunta
que el canto fue siempre un gran compañero. “Nace de eso primero anónimo, de la madre
arrullando al bebé. Yo me acuerdo que cuando era chiquito siempre cantaba una
canción de Gaby, Fofó y Miliki que decía ´Navegar sin temor, en el mar es lo mejor, no hay
razón de ponerse a temblar, y si viene negra tempestad, reír, soñar y cantar´, porque hay algo en el
cantar, que cuando tenés miedo, sale. También en la soledad, en las situaciones
difíciles porque ante
las necesidades vitales, una canta. No hay niño que no cante pero después cuando sos
adulto, te vas
callando porque suponés que no tenés una voz determinada para el deseo de
cantar. Hay algo que es muy primitivo,
muy primario, propio de lo humano, que está ligado a la música. Incluso sin letra,
silbar es cantar también”. Abrir
la boca y dejar que las melodías salgan nos eleva, nos cambia. Ella lo sabe y te canta las cuarenta.
Y así, con peluca y los tacos,
Susy porteña pero con sangre tucumana en las venas, es una folklorista y
coplera ejemplar. Claro que dista mucho de ser parte de
la “gendarmería del folklore”, ese clan conservador que sigue disfrazándose de
gaucho para salir a tocar. Su voz es suave y atronadora, sensual y
profundamente masculina, sí, un timbre abrazado y calzado con toda naturalidad:
“Hay algo que pasa con el
tema de la voz, que tiene que ver con esto de fingir y tratar de connotar lo
que supuestamente significa, lo que el otro espera o vos creés que el otro
espera de vos, en cuanto a si sos una femineidad o una masculinidad. En ese
juego, la voz se daña, porque estás todo el tiempo haciendo un falsete,
estás fuera de tu voz. Tener la voz colocada es saber respirar, es todo el
tiempo, no solamente cuando me pongo a cantar, a ensayar una canción, tu voz
está en cómo hablás”, afirma mientras se ríe de que su comentario es “re
político”.
¿Qué es lo que
encontrás en el ritmo folklórico que te apasiona tanto, cómo nace en vos?
La vidala y la baguala, y todos esos ritmos como las
coplas, conscientemente vinieron más de grande, pero en realidad antes había
pasado por el cuerpo, porque yo antes bailaba. El folklore es muy poderoso para
bailar, en principio tiene un alegría que pocas músicas tienen, hay algo muy
colectivo que es impresionante. Igual yo canto otras músicas, pero el folklore
permite jugar mucho más con las voces que otros ritmos. Hay algo de fluir, que
abre el campo a los registros distintos. Descubrí hace poco un rosarino,
Santiago Alustiza, que canta flamenco. Yo siempre decía que el folklore era
trans, porque con las copleras y los copleros, vos cerrás los ojos y no
distinguís quién es quién, hay una información en esos agudos y esos graves que
se mezclan que es super riquísima. Con el flamenco me pasó, con Santiago, que había un resonar
de él que era bastante poderosamente igual, como muy trans, donde lo masculino
y lo femenino se mezclan. No casualmente son músicas marginales.
Desde la esquina
más polémica, desde su rebeldía pacífica, nos invita a abrazar la diversidad,
conjugando lo más austero de la
Puna con la vanguardia bañada en purpurina. Cuando se presenta Susy sólo
pide una mesita para apoyar su caja bagualera. Después lanza coplas que arrasan el silencio
íntimo, respetuoso, que a
veces también está atemorizado o irritado. Quien la escuche podrá decir
que dos son las sensaciones que les sacude el cuerpo: Intriga y curiosidad te
atraviesan cuando la ves en escena. “El poemario cambia los escenarios y lo que
busca es instalar una ritualidad desde donde yo puedo proponer lo colectivo.
Hay algo que siento que pasa cuando canto, como cuando voy a ver algo que me
gusta, creo que me convierte en otra cosa. No es lo mismo esa hora y media
estando ahí que en tren; después vuelvo de otra manera y me dan ganas de hacer
todo, de cambiar el mundo. Me ha pasado como espectadora, lo aprendí y es lo
que quiero proponer. Dar una alegría, pero no jodona, sino el gozo de ser, de
que salgas con ganas de vivir, de romper lo que haya que romper para construir
lo que haya que construir”. Ese silencio
tan propio del teatro, que es la pieza fundamental de sus espectáculos, según
ella “empezó siendo un límite y terminó siendo un camino para seguir indagando
en canciones y en modos interpretativos también, y tiene un riesgo, requiere
mucho de ubicarte en tu nota, no perderte”. Ella no ensaya sistemáticamente,
sino que se la pasa cantando, que es la mejor manera de amaestrar la voz y
tener el oído afilado.
La entrevista termina. Los
flashes caen como lluvia. Susy pone una cara, otra y la cámara no deja gatillar,
gustosa. Nosotras apagamos el grabador y nos resuena eso de “convierte en otra
cosa”: sus palabras nos transformaron algunos pensamientos. Mientras caminamos
hacia el tren, el último de la noche, silbamos, y sí, transpiramos también.
EN CONSTRUCCIÓN PERMANENTE
“¿Qué soy? ¿Importa? Siempre hay alguien que lo
preguntaba…“Soy arte”, digo, mientras revoleo las caderas y me pierdo entre la
gente y su humo cigarro y su brillo sin estrellas y su hambre de ser. Travesti
outlet, bizarría del ángel o el cometa que viene a despabilarte el rato que
estemos. Hay máquinas-machines que nos abruman, algunas hasta suplantan el
hambre del amor, el olor del amor, el color del amor, el dolor del amor, y yo
no quiero eso. Se me salió un taco, se me corrió el rímel, se me atascó la voz,
pero nunca el sueño. Pajarito de Vonnegut en Paternal cada `Noches Bizarras´
crecemos y no importa qué somos, si alcanzamos a poder serlo… el resto es
máquina y yo no”, resumió la artista en una de sus
escurridas poesías (Poemas Transpirados,
2011). Ahora, un día de noviembre, lo repite sin versos en Burlesque, mientras van acomodando las mesas y el perfume de un
sahumerio, que parece infinito, inunda el bar. Afuera está Anahí, su hija, que pinta la persiana
del espacio–y está quedando hermosa-. Adentro, la poetisa y su vida, que
contiene miles, nos sigue respondiendo preguntas al tiempo en que nos genera
inquietudes. “Retomo algo que dice Marlene Wayar (NdR: Activista trans,
fundadora y coordinadora general de Futuro Transgenérico) y es que ´todos y
todas somos nuestro primer
objeto de arte a crear´. Y es así, estamos en construcción para adelante, pero
también con lo fuimos porque todas mis épocas conviven amorosamente. Hoy me veo
así, pero no sé cómo seré. Hoy soy esto, mis vínculos pasan por acá pero estoy
mutando, recreando, no me da vértigo lo que venga si todo lo que muté estuvo
buenísimo”.
Sin palabras,
así nos deja. Mientras ella se saca para afuera, nosotras, ensimismadas, nos
pensamos. La entrevista sigue. Sin pausa: “Si vos te sentás delante de una
mujer biológica, ¿le preguntas quién es? Yo soy una persona trans y me lo
preguntan, como si tuviera que legitimizar mi ser”, nos interpela la coplera
que nació a tan sólo cuatro cuadras del bar del barrio de Balvanera en donde estamos.
A los tres años se fue a Ciudadela, pero terminó pasando toda su infancia en
Villa León, Ituzaingó. Cuando se mudó, siguió en el Oeste y pasó por Ramos
Mejía y Villa Tesei. “Di vueltas por todos lados pero siempre volví cerca del
Sarmiento. Soy del tren. Siempre tengo la excusa de volver porque me da
seguridad, es mi espacio. Si me duermo, me bajo justo en mi estación, es mi
línea. Esa también es identidad porque todo tiene que ver con lo que vamos
construyendo”. El tren le gusta, pero también el colectivo, aunque no
específicamente el bondi ya que Susy se encamina a la autogestión como si fuera
su Norte: “Creo en el trabajo colectivo, el que sale desde uno. Mis libros son
autogestionados, los discos que están por salir también porque no voy a esperar
que llegue EMI y que gane con mi laburo. No, yo voy con mi valija y mi cajita y
desde ahí también me vinculo porque creo en otras construcciones, en las
colectivas, en las que se arman para sostener desde la creación amorosa con
otras y otros que tienen guiado el barco hacia ese horizonte, con esa mirada de
conjunto. Pero para que no te alquilen tu talento ni tu posibilidad de
sensibilidad, por eso hay que defenderlo y para que suceda, hay que ir por el
horizonte colectivo como salida”.
IRRUMPIR EN TODOS LOS FORMATOS
“Estuve un poco
peleada con lo que siempre cuenta el teatro porque hay un discurso que siempre
repetimos que tiene que ver con la heteronormatividad, con lo binario. No
podría hacer Romeo y Julieta, con su bellísimo texto, si no pudiera discutir
cierta normatividad. No creo que tenga que hacer de ella porque no me cabe
imaginarme que las mujeres son así, yo quiero debatirlo y no siempre se puede.
Nos falta una dramaturgia irruptiva en las formas, en los discursos cuando los
textos están dominados por un masculino y un femenino”, reflexiona Susy, que se
inquieta con los papeles y parece convertir en trinchera, hasta sin quererlo,
esos espacios que pueden ser un escenario apenas alumbrado, una silla solitaria
junto a una caja resonante o la calle tumultuosa, filmando una película.
En colaboración con Jesica Farías
Noviembre/13
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