sábado, 1 de noviembre de 2014

Niña, que eres inquieta

Mujer creadora, pronta a ser madre, cantora excepcional. Soema tiene una de esas voces imposibles de imitar, donde resuenan lamentos latinos, folklores varios y estridencia de pájaros. Su último disco, “Ave del cielo”, conserva el espíritu de sus anteriores trabajos, con invitadxs de lujo como Tonolec y La Nube Mágica.



¿En qué momento de tu vida te empezaste a dedicar a la música?
Comenzó en la niñez, como a los once años. De alguna manera siento que hago lo mismo. Porque no sacaba canciones, yo inventaba. Empecé a estudiar cuando tenía trece. Tenía un maestro, Oscar Molina, que venía a mi casa. Él a la mañana era panadero y a la tarde y noche era el maestro de música del barrio. Tenía técnica lírica, una voz increíble que tomaba todo el espacio. Yo estudiaba guitarra con él, y un día me dijo: “¿Vos cantás, Soema?”, y yo con una vergüenza… Era lo más íntimo que hacía, no se lo mostraba a nadie, no era histriónica para nada. Entonces me enseñó algunas canciones como una excusa para tocar. Ahí aprendí a escuchar mucho la música folklórica, Cuchi Leguizamón… Cuando me escuchó cantar decidió que me iba a dar clases de canto. Me empecé a dar cuenta que me encantaba y que era algo muy vital. Después estudié composición en el Conservatorio, pero la conciencia de cantante, decir “Quiero esto para mi vida”, o proyectar en el tiempo, fue una vez que empecé a entrar en el mundo de la música académica. Empecé a buscar maestros de canto fuera de la escuela. Era un camino de sanación y autodescubrimiento tan grande, que sentía que tenía que elegir con quién estudiar, porque me iba a brindar muy entera sobre eso. Empecé a investigar, a leer un montón, como a los dieciocho.

¿Cómo fue el proceso de creación en el último disco?
Para trabajar este disco con Jorge (Sottile, director de la Sándalo Orquesta) decidimos armar un grupo, por eso se llama “Soema Montenegro y el conjuro”, porque empezamos a trabajar la instrumentación diferente. Lo que sucede cuando se trabaja colectivamente es que empiezan a dialogar de forma más profunda la voz, la poesía y la instrumentación. No está acompañando sino que es un todo que va contando algo.

Vos usás mucho lenguaje no articulado, aun así, ¿se pueden separar la voz, la poesía y la instrumentación?
Cuando empecé a trabajar el canto a conciencia, lo hacía de manera instrumental más que como intérprete. Más allá de que me gusta cantar canciones, y escribir también lo hice desde siempre, el primer contacto fue siempre la voz como instrumento, separada de la lírica. De hecho tenía un grupo de improvisación vocal que jugábamos a armar temas en lenguaje inventado, muchos juegos tímbricos, y de ahí todas las bifurcaciones que te puedas imaginar porque la voz puede ser multifacética. Cuando empecé mi proyecto solista, se empezó a juntar. El primer disco tiene todavía esa cosa del juego. Parece frío separarlo; me parece que son diferentes calidades de búsqueda. A mí me gusta mucho Meredith Monk, o Kathy Berberian, o Yma Sumac, cantantes que trabajaban mucho con eso.

Desde tu faceta docente, ¿creés que se puede “educar” la voz, que cualquiera puede cantar?
Yo creo que más que educar a la voz, lo que sucede es que uno descubre su voz. No es que somete a su propia voz hacia un molde, sino que va descubriendo sus lugares de potencia, hay un autoconocimiento y cuanto más uno está abierto a recibirse, más expansiva es la voz. Eso lo he vivido en mí misma y lo sigo viviendo, es un camino de siempre. Como uno va cambiando, también la voz, los sonidos, es muy infinito. También lo veo en los alumnos, cómo van pasando de una idea que tienen de sí mismos, y eso se va transformando. De repente empiezan a escribir, a cantar su música, y es re lindo ver ese florecimiento en cada persona. En ese sentido sí, todo el mundo puede cantar, eso es parte de la humanidad, algo fisiológico. No hay una necesidad vital al parecer, pero sí una necesidad espiritual, emocional, de manifestar lo que no tiene palabras o no se puede decir lógicamente, que es lo que contiene el arte.

¿Seguís algún método para componer?
Cada canción tiene su manera de manifestarse. Se empieza a venir una melodía, o tengo una imagen, o aparece la palabra primero, se empieza a armar una poesía. Puede venir de cualquier lado, pero a medida que van saliendo las composiciones, me voy dando cuenta de que me está movilizando una cosa y que va siguiendo una línea. Me pasó mucho con Ave, la música la hice el verano del 2012, y después todo el año pasado laburamos en armar esa fusión, porque además viajamos un montón con Passionaria. Sentía todo el tiempo la relación entre el cielo, los árboles, los pájaros, y el mundo femenino, la tierra.

Sigue apareciendo la idea de “tramas” y “ambientes” en tu sonido…
Sí, me sigue inspirando la naturaleza a full. Es un motor que sigue estando. Tal vez lo que cambia es dónde pongo la lupa. Los ciclos, cómo todo está organizado y no tiene que ver con el control sobre nada, sino que hay algo que sucede en continuo, y me encanta eso. Es parecido al embarazo en ese sentido.

¿A qué llamás “mundo femenino”?

Es la intuición, la creación, el contacto con la naturaleza, el saber, el reconocerse. En el espacio masculino, lo activo, la energía hacia afuera. Estaría bueno poder integrarlo más que dividirlo. Lo extremo feminista no me cabe mucho, me parece que son extremos de lo mismo, querer masculinizar a una mujer o querer feminizar a un hombre. Yo la conozco a Susy Shock de hace muchos años, de hecho la primera vez que me subí a un escenario fue con ella, a los 20 años. Tenemos una relación de amor eterno. Ella es re militante, y yo la apoyo. Mi aporte fue siempre participar con la música. Lo último que me invitaron fue a un compilado que se llama “Se trata de nosotras”, que está dentro de la Campaña contra la Trata. Me siento muy tocada por esas cosas. Yo crecí en Laferrere, donde esas cosas suceden de manera… La Matanza es una tierra de nadie. Desde chica que veo que pasan cosas increíbles ahí, desde la policía, desde donde sea. No lo puedo concebir. El año pasado fuimos a tocar a Marruecos. Yo estaba cantando y miraba a la gente. Había muchas chicas jóvenes que estaban sentadas adelante, con burka o con el pelo tapado, súper emocionadas. No entendían el idioma, pero tenía amigos que me traducían, y había algo con la libertad, admiración por la capacidad de libertad. Ese día no pude dormir a la noche. Nosotras podemos  tener una cotidianeidad de cómo estar, más allá de que sigue siendo una sociedad machista, pero hay otras donde es más fuerte eso. Me parece terrible que una mujer no pueda decidir qué se pone, cómo se lo pone, qué decir, cómo moverse, a quién mirar, qué comer… A la vez cuando una hace un paralelismo, ve también que en la sociedad que vivimos nosotros hay un modelo de mujer que es irreal.


Noviembre/14

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