Mujer creadora, pronta a ser madre, cantora excepcional. Soema tiene una de esas voces imposibles de imitar, donde resuenan lamentos latinos, folklores varios y estridencia de pájaros. Su último disco, “Ave del cielo”, conserva el espíritu de sus anteriores trabajos, con invitadxs de lujo como Tonolec y La Nube Mágica.
¿En qué
momento de tu vida te empezaste a dedicar a la música?
Comenzó en la niñez, como a los once años. De
alguna manera siento que hago lo mismo. Porque no sacaba canciones, yo
inventaba. Empecé a estudiar cuando tenía trece. Tenía un maestro, Oscar
Molina, que venía a mi casa. Él a la mañana era panadero y a la tarde y noche
era el maestro de música del barrio. Tenía técnica lírica, una voz increíble
que tomaba todo el espacio. Yo estudiaba guitarra con él, y un día me dijo:
“¿Vos cantás, Soema?”, y yo con una vergüenza… Era lo más íntimo que hacía, no
se lo mostraba a nadie, no era histriónica para nada. Entonces me enseñó
algunas canciones como una excusa para tocar. Ahí aprendí a escuchar mucho la
música folklórica, Cuchi Leguizamón… Cuando me escuchó cantar decidió que me
iba a dar clases de canto. Me empecé a dar cuenta que me encantaba y que era
algo muy vital. Después estudié composición en el Conservatorio, pero la
conciencia de cantante, decir “Quiero esto para mi vida”, o proyectar en el
tiempo, fue una vez que empecé a entrar en el mundo de la música académica.
Empecé a buscar maestros de canto fuera de la escuela. Era un camino de sanación
y autodescubrimiento tan grande, que sentía que tenía que elegir con quién
estudiar, porque me iba a brindar muy entera sobre eso. Empecé a investigar, a
leer un montón, como a los dieciocho.
¿Cómo fue el
proceso de creación en el último disco?
Para trabajar este disco con Jorge (Sottile,
director de la Sándalo Orquesta) decidimos armar un grupo, por eso se llama “Soema
Montenegro y el conjuro”, porque empezamos a trabajar la instrumentación
diferente. Lo que sucede cuando se trabaja colectivamente es que empiezan a
dialogar de forma más profunda la voz, la poesía y la instrumentación. No está
acompañando sino que es un todo que va contando algo.
Vos usás
mucho lenguaje no articulado, aun así, ¿se pueden separar la voz, la poesía y
la instrumentación?
Cuando empecé a trabajar el canto a conciencia,
lo hacía de manera instrumental más que como intérprete. Más allá de que me
gusta cantar canciones, y escribir también lo hice desde siempre, el primer
contacto fue siempre la voz como instrumento, separada de la lírica. De hecho
tenía un grupo de improvisación vocal que jugábamos a armar temas en lenguaje
inventado, muchos juegos tímbricos, y de ahí todas las bifurcaciones que te
puedas imaginar porque la voz puede ser multifacética. Cuando empecé mi proyecto
solista, se empezó a juntar. El primer disco tiene todavía esa cosa del juego.
Parece frío separarlo; me parece que son diferentes calidades de búsqueda. A mí
me gusta mucho Meredith Monk, o Kathy Berberian, o Yma Sumac, cantantes que
trabajaban mucho con eso.
Desde tu
faceta docente, ¿creés que se puede “educar” la voz, que cualquiera puede
cantar?
Yo creo que más que educar a la voz, lo que
sucede es que uno descubre su voz. No es que somete a su propia voz hacia un
molde, sino que va descubriendo sus lugares de potencia, hay un
autoconocimiento y cuanto más uno está abierto a recibirse, más expansiva es la
voz. Eso lo he vivido en mí misma y lo sigo viviendo, es un camino de siempre.
Como uno va cambiando, también la voz, los sonidos, es muy infinito. También lo
veo en los alumnos, cómo van pasando de una idea que tienen de sí mismos, y eso
se va transformando. De repente empiezan a escribir, a cantar su música, y es
re lindo ver ese florecimiento en cada persona. En ese sentido sí, todo el
mundo puede cantar, eso es parte de la humanidad, algo fisiológico. No hay una
necesidad vital al parecer, pero sí una necesidad espiritual, emocional, de
manifestar lo que no tiene palabras o no se puede decir lógicamente, que es lo
que contiene el arte.
¿Seguís algún
método para componer?
Cada canción tiene su manera de manifestarse. Se
empieza a venir una melodía, o tengo una imagen, o aparece la palabra primero,
se empieza a armar una poesía. Puede venir de cualquier lado, pero a medida que
van saliendo las composiciones, me voy dando cuenta de que me está movilizando
una cosa y que va siguiendo una línea. Me pasó mucho con Ave, la música la hice el verano del 2012, y después todo el año
pasado laburamos en armar esa fusión, porque además viajamos un montón con Passionaria. Sentía todo el tiempo la
relación entre el cielo, los árboles, los pájaros, y el mundo femenino, la
tierra.
Sigue
apareciendo la idea de “tramas” y “ambientes” en tu sonido…
Sí, me sigue inspirando la naturaleza a full. Es
un motor que sigue estando. Tal vez lo que cambia es dónde pongo la lupa. Los
ciclos, cómo todo está organizado y no tiene que ver con el control sobre nada,
sino que hay algo que sucede en continuo, y me encanta eso. Es parecido al
embarazo en ese sentido.
¿A qué llamás
“mundo femenino”?
Es la intuición, la creación, el contacto con la
naturaleza, el saber, el reconocerse. En el espacio masculino, lo activo, la
energía hacia afuera. Estaría bueno poder integrarlo más que dividirlo. Lo
extremo feminista no me cabe mucho, me parece que son extremos de lo mismo,
querer masculinizar a una mujer o querer feminizar a un hombre. Yo la conozco a
Susy Shock de hace muchos años, de hecho la primera vez que me subí a un
escenario fue con ella, a los 20 años. Tenemos una relación de amor eterno.
Ella es re militante, y yo la apoyo. Mi aporte fue siempre participar con la
música. Lo último que me invitaron fue a un compilado que se llama “Se trata de
nosotras”, que está dentro de la Campaña contra la Trata. Me siento muy tocada
por esas cosas. Yo crecí en Laferrere, donde esas cosas suceden de manera… La
Matanza es una tierra de nadie. Desde chica que veo que pasan cosas increíbles
ahí, desde la policía, desde donde sea. No lo puedo concebir. El año pasado
fuimos a tocar a Marruecos. Yo estaba cantando y miraba a la gente. Había
muchas chicas jóvenes que estaban sentadas adelante, con burka o con el pelo
tapado, súper emocionadas. No entendían el idioma, pero tenía amigos que me
traducían, y había algo con la libertad, admiración por la capacidad de
libertad. Ese día no pude dormir a la noche. Nosotras podemos tener una cotidianeidad de cómo estar, más
allá de que sigue siendo una sociedad machista, pero hay otras donde es más
fuerte eso. Me parece terrible que una mujer no pueda decidir qué se pone, cómo
se lo pone, qué decir, cómo moverse, a quién mirar, qué comer… A la vez cuando
una hace un paralelismo, ve también que en la sociedad que vivimos nosotros hay
un modelo de mujer que es irreal.
Noviembre/14
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