lunes, 1 de diciembre de 2014

Constante emergencia

Arriba del escenario, con sus Ray Ban y encapuchada, está la canchera y feroz Miss Bolivia. Abajo, de cara lavada, el tono sereno de Paz Ferreyra nos hace dudar si es la misma persona. Dos caras de la misma moneda, reinventándose y retroalimentándose.

  Llegamos a los estudios Sony, en el corazón de Colegiales, y vamos derechito para el último piso. Ahí está la petisa de rastas, recién vuelta de una gira por Europa. Miau, su segundo laburo de estudio, está sobre la mesa, y ella va largando una nota tras otra. En esa vorágine deja entrar canales de televisión y también medios independientes; su música, de esencia under, también es permeable a los grandes escenarios. Si Miss Bolivia hoy “la está pegando”, no es casualidad ni es por tener un gran sello discográfico, sino por todo el laburo que hay detrás.



Largaste un nuevo disco, con invitadxs de todo tipo. ¿Cómo te encuentra?
Estoy muy contenta por haber combinado energía y estilo con estos artistas que admiro tanto: Leo García, Mimí Maura, Pocho la Pantera, Lisa Kerner. Realmente me hizo sentir muy agradecida y bendecida con esta situación de que hayan aceptado colaborar en un disco de una artista emergente como yo, ¿no? También estaba atreviéndome a fusionar sus estilos, de un modo respetuoso. El proceso de grabación fue hermoso, todo muy familiar.

Incluso con giras internacionales, ¿te considerás una artista emergente?
Yo creo que todo el tiempo estás emergiendo. Habría que repreguntarse: ¿emerger de dónde y hacia dónde? Vengo haciendo un camino propio hace ya siete años, y es un trabajo autodidacta, por ensayo y error. Si bien puedo ir y venir del under o del mainstream, como les quieras llamar, siempre voy a estar en constante emergencia.

Antes de ser Miss Bolivia, eras profesora de yoga y psicóloga. ¿Cuándo hiciste el click en que la música deja de ser un pasatiempo?
Antes de dedicarme a full a la música, era productora en la tele. Repartía mi tiempo entre esas tareas. Nunca trabajé atendiendo gente en el consultorio, pero sí trabajé en dispositivos de psicología, escribiendo políticas públicas, más a nivel macro, de corte comunitario. Yo venía de tocar la batería de forma más amateur, en otros proyectos, y empezó a bajar esta información de las canciones. Las quise hacer, como hobby, los fines de semana o teloneando amigos, haciendo tres temas, después compartiendo fechas hasta que fue tomando más cuerpo y solvencia. En un momento me quedé sin laburo en el Canal de la Ciudad, me despidieron porque no daba con el perfil…

¿Los dreads?
Los tenía, pero el perfil era de acá (señala el corazón) y de acá (señala la cabeza). Y ahí yo dije: “¿Hablo con el gremio para que me reincorporen, o armo mi propia productora? O me aguanto, y me fijo qué pasa con esto, Miss Bolivia” Decidí aguantar y Paula Maffía, cantante de Las Taradas, me dijo: “Venite a vivir a casa”. Vivíamos en La Boca, era una fábrica de pan. Y donde era la cocina me armé mi pieza-estudio y estuve un año y medio. Eso me permitió grabar el disco y no laburar, pude dedicarme exclusivamente a eso. Esa fue la bisagra.

¿Qué cambios internos sentiste a partir de encarar Miss Bolivia?
Me volví un poco más estricta, más rígida, hay cosas en las que no transo ni ahí. A la hora del laburo me salió mucho más el guerrero en estos años, también por estar en un lugar que es medio como una jungla y te tenés que hacer el aguante a vos mismo y si no…

El reconocimiento te da un poder difícil de manejar…
Sí, pero en ese aspecto nunca tuve problema. También me rompo el orto, y atravesé situaciones de mucha austeridad y hasta sufrimiento a veces. Entonces el reconocimiento a mí me llena de orgullo y estoy agradecida. Yo prefiero usar ese poder para que cuando vos hablás, hablen otros, no chupártelo todo porque es re tóxico. Una sobredosis de eso puede ser letal. A veces ya no puedo distinguir al artista de mi yo, pero porque no hay tanta distancia, no es tan artificial.

Por otro lado hacés tus propias letras, entonces arriba del escenario hay un reflejo mismo de lo que sos…
Es una “perfo” de lo mío. El show en vivo, y el estudio, grabar, son las dos situaciones más privilegiadas de mi vida musical. Todo el resto, el sacrificio, cobra sentido cuando te subís al escenario. Es un momento sanador, muy ritual.

Invitás a la fiesta pero vas tirando mensajes, hay mucho de militancia ahí...
No existe un acto estético que no sea político, por más que insistan, es una toma de posición. Hay mucho que decir, hay muchos temas que nos afectan. La intención además de disfrutar el placer y la pasión que me produce la música, hacerla y componerla. Hay que ponerla al servicio como herramienta de transformación social. Una cosa no puede ir despegada de la otra.

Como consumidora de marihuana, ¿cómo te sentís frente al tema de la legalización y las trabas que hay sobre ella?
Soy militante activa por la despenalización del autocultivo cannábico en sus formas de esparcimiento y medicinales. Creo que está trabado porque hay mucha mafia y genera muchos intereses económicos, entonces monopolizan y regulan el mercado sanitario y de los recursos farmacéuticos, medicinales, y las terapias alternativas quedan a un lado, penalizándolas y criminalizando al autocultivo. Son abusos de poder. En mis canciones esa militancia la hago expresa. Creo que los medios no cuentan todo, entonces el artista es un actor social y comunicador muy importante. Yo elijo contar esa historia también.

¿Podrías encuadrarte en un género?
Si tuviera que hacerla corta, el estilo es fusión. Las patas más grandes son la cumbia, el rap y el reggae, el dancehall. De ahí despego y convoco otros ritmos como el funk, las cosas más electrónicas, el folklore, un poco de emboque, algunos le llaman reggaetón. Cada vez los uso menos pero son ritmos que me interesan. El moombahton... Casi ni me pregunto qué es lo que hago porque es como un tejido.

Tu productor también participa en el armado de las canciones, ¿cómo es esa relación?
A esta altura puedo decir que tengo un maridaje importante, ya hace muchos años que trabajamos juntos, con Guille Beresñak y también con Juanito el Cantor. Este disco ya lo estamos componiendo en equipo prácticamente, tenemos muchas horas recorridas juntos, mucho camino, y es como un marido, un hermano musical. Yo puedo no estar y es lo mismo. A esta altura, si yo vuelvo a los dos días, él avanzó los temas como si yo los hubiera avanzado.



  Ahora entendemos un poco mejor por qué se baila tan bien su música: con dos vecinos del oeste como amigos y productores, ¿cómo no pegarla? Saludamos a Miss Bolí, encantadas por su amabilidad, y nos tomamos el palo.


Diciembre/14

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