lunes, 1 de septiembre de 2014

Vivir sin trabajar

En una semana casi de visita en Buenos Aires, mientras el teléfono sonaba una y otra vez, Mauricio Kartun nos abrió las puertas de su casa y de su amable verborragia. Dramaturgo, director, docente y creador de una política teatral que lo mantiene en constante creación.



  Este creador compulsivo acaba de estrenar Terrenal: Pequeño misterio ácrata en el Teatro del Pueblo, un espacio reabierto por la Fundación SOMI, de la cual formó parte en su gestación. El argumento de esta última obra vuelve sobre los mitos bíblicos (así como hizo en Salomé de chacra y Ala de criados), esta vez tomando la archiconocida historia de Caín y Abel. “Los mitos son herramientas. Es siempre una metáfora que contiene un saber. A través del tiempo, de los siglos, los hombres hemos agarrado los mitos para que digan algo de lo que tenemos alrededor”.
  Su teatro está plagado de alegorías, con lo cual no es fácil entrarle, y eso mismo es lo que lo hace tan atractivo: “Cuando yo hago una obra y a alguien le resulta difícil, pero porque le resulta difícil viene dos veces a verla, cumplió su objetivo gimnástico. Ese subir el palito en términos de lenguaje, de reclamo de atención, también hacen a un espectador que aprende a disfrutar un teatro de signos más complejos. Te hace comer cosas que no comerías de otra manera.
  En su living, además de una biblioteca envidiable, se pueden ver cuadros, antigüedades y adornos, muchos de los cuales fueron o son parte de alguna puesta suya. Se considera un nostálgico: “Hay algo en el recuperar lo viejo que es apasionante. Las cosas que han pasado, que han superado  su ciclo, dejan de ser útiles. Todo lo que deja de ser útil deja de ser parte de lo profano y pasa a lo sagrado”.
  Coleccionista y algo neurótico, es un militante del teatro de arte y tiene una clarísima visión de su potencial contracultural: “No es necesario manifestarlo en signos espectaculares; es una práctica cotidiana, que se hace en cómo administro mi guita, qué hago, qué doy, cómo ayudo a otros. Si la cultura habla del individuo, yo puedo pensar en el prójimo. Pensar y hacer te transforma en alguien que en su hacer impugna, por lo tanto se lo transmitís a otro y a otro. ¿Para qué sirve? Simplemente para que haya más lucidez sobre aquello que nos agobia. ¿Va a cambiar el mundo? Sí, lo va a cambiar. ¿Lo vas a ver? No, ni en pedo, ni vos ni tus hijos. Pero si esta lucidez no está presente en nuestros ojos, un día empiezan a nacer chicos ciegos. Y un día desaparece la hipótesis de que hay otra manera de mirar el mundo. La energía antisistema no es otra cosa que eso, es una manifestación en el hacer.
  Fue primero escritor, luego actor (aunque no le gusta y lo ha hecho por compromiso militante en un principio y por “pan amargo” después), y finalmente director, por dos razones: “La primera, porque sentía que mucho de lo que yo escribía, cuando lo dirigía otro, quedaba atrapado en el texto, no salía; la segunda tiene que ver con algo extremadamente más humano, y es que dirigir es más divertido.” Nos cuenta de esa relación como una especie de videochat interno, en la cual autor y director tiran y empujan en un desafío constante por ir cada vez más lejos.
  Piensa que el trabajo de escribir es muy solitario y “genera fobias”, pero sin embargo vuelve al arte de la palabra: “Hay algo extremadamente poderoso en el uso de la palabra literaria. Vos mirás ahí arriba del escritorio y hay cuarenta libretitas que sirven ¿para qué? Para ir por la vida observando la realidad y de pronto registrándola en la palabra. La palabra como fotografía. A veces la gente pierde de vista lo que es el poder de la palabra escrita. Se vuelve una especie de registro mecánico, como si fuera poner en un soporte las cosas que uno ya se dijo en la cabeza. Y no es así. Es una forma analógica del pensamiento. Escribir, tachar, ir, volver, romper el papel, tirarlo, es una forma de ordenar las ideas y generar nuevas. Por lo tanto, cuando yo digo “Esto es una tentación malsana”, significa que mientras yo tenga una libretita y en el día se me cruce una hora libre, inevitablemente voy a hacer eso, porque me apasiona, porque buena parte de lo que aprendí en mi vida lo aprendí escribiendo, y no leyendo. Yo soy un lector obsesivo pero muchas de las cosas en las que he profundizado lo hice escribiendo una obra, a veces durante meses”.
  En una misma semana fue premiado tres veces por su trayectoria: recibió el Konex al Mérito, el Honoris Causa de la UBA y el premio de Honor de Argentores. Sobre esta distinción, declaró: “En el discurso yo dije: ‘Recibo con alegría el colacionado del premio, pero contesto con una carta de documento diciendo que ni sueñen que me voy a retirar’. A mí lo que me interesa es seguir laburando, en el mismo grado de riesgo con el que vengo desde hace 45 años”. Claro, lo que premian es lo ya hecho, que no es menor, pero para él no es más que una caricia al ego: “Te pasan a clase pasiva. Cuando no tenés deseo, podés dedicarte al jubileo, pero cuando lo tenés -y a mí todavía algunas hormonas de pulsión creativa se me mantienen vivas-, es tremendo.

  Es interesante la paradoja de que la UBA premie a un docente que no terminó la secundaria. En su juventud sufrió el sistema académico, al punto de escapar de clase para poder explotar (no sin culpa) su verdadera pasión: “En épocas de fracaso escolar, yo me hacía la rata y me sentaba debajo de un puentecito, como un linyera, y leía o hacía tiempo para entrar a algunos de los tres cines que había en San Martín (su ciudad natal). Volver muchos años después como profesor me ha dado mucha alegría, porque volví haciendo lo contrario de lo que no había aceptado. Practicando una pedagogía que se hace cargo del dolor del que no aprende. La dificultad del que no aprende, en realidad, es que no encuentra la puerta del deseo. La puerta de la obligación es muy fácil, la vieja hipótesis sarmientina de “la letra con sangre entra”. Alguien puede ser obligado a estudiar de memoria algo, y lo que hará muy rápidamente es abandonar ese conocimiento, no por inservible, sino por doloroso, por perturbador”. Así es que en su imprevista faceta de educador se esfuerza por no cometer los errores que padeció, entendiendo que “estudiar, saber, es una forma de la felicidad, es el camino que te permite hacer aquello que querés. Cuando en cambio el aprendizaje se transforma en un acto burocrático para llegar a un título, todo se vuelve de una angustia muy grande. Buena parte de la deserción universitaria tiene que ver con esta locura. Hay algo en esa obligación que resulta una energía contranatura. ¿No es preferible frente a eso una formación informal, pero que cumpla realmente con tu deseo?”. Cuando salimos de su departamento en Villa Crespo, nos resonaba una de sus últimas frases: “El que trabaja en lo que ama cumple el sueño de vivir sin trabajar”.


Septiembre/14

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