En una semana casi de visita en Buenos Aires, mientras el teléfono sonaba una y otra vez, Mauricio Kartun nos abrió las puertas de su casa y de su amable verborragia. Dramaturgo, director, docente y creador de una política teatral que lo mantiene en constante creación.
Este
creador compulsivo acaba de estrenar Terrenal:
Pequeño misterio ácrata en el Teatro del Pueblo, un espacio reabierto por
la Fundación SOMI, de la cual formó parte en su gestación. El argumento de esta
última obra vuelve sobre los mitos bíblicos (así como hizo en Salomé de chacra y Ala de criados), esta vez tomando la archiconocida historia de Caín
y Abel. “Los mitos son herramientas. Es
siempre una metáfora que contiene un saber. A través del tiempo, de los siglos,
los hombres hemos agarrado los mitos para que digan algo de lo que tenemos
alrededor”.
Su
teatro está plagado de alegorías, con lo cual no es fácil entrarle, y eso mismo
es lo que lo hace tan atractivo: “Cuando
yo hago una obra y a alguien le resulta difícil, pero porque le resulta difícil
viene dos veces a verla, cumplió su objetivo gimnástico. Ese subir el palito en
términos de lenguaje, de reclamo de atención, también hacen a un espectador que
aprende a disfrutar un teatro de signos más complejos. Te hace comer cosas que
no comerías de otra manera.”
En su
living, además de una biblioteca envidiable, se pueden ver cuadros,
antigüedades y adornos, muchos de los cuales fueron o son parte de alguna
puesta suya. Se considera un nostálgico: “Hay
algo en el recuperar lo viejo que es apasionante. Las cosas que han pasado, que
han superado su ciclo, dejan de ser
útiles. Todo lo que deja de ser útil deja de ser parte de lo profano y pasa a lo
sagrado”.
Coleccionista
y algo neurótico, es un militante del teatro de arte y tiene una clarísima
visión de su potencial contracultural: “No
es necesario manifestarlo en signos espectaculares; es una práctica cotidiana,
que se hace en cómo administro mi guita, qué hago, qué doy, cómo ayudo a otros.
Si la cultura habla del individuo, yo puedo pensar en el prójimo. Pensar y
hacer te transforma en alguien que en su hacer impugna, por lo tanto se lo
transmitís a otro y a otro. ¿Para qué sirve? Simplemente para que haya más
lucidez sobre aquello que nos agobia. ¿Va a cambiar el mundo? Sí, lo va a
cambiar. ¿Lo vas a ver? No, ni en pedo, ni vos ni tus hijos. Pero si esta
lucidez no está presente en nuestros ojos, un día empiezan a nacer chicos
ciegos. Y un día desaparece la hipótesis de que hay otra manera de mirar el
mundo. La energía antisistema no es otra cosa que eso, es una manifestación en
el hacer.”
Fue
primero escritor, luego actor (aunque no le gusta y lo ha hecho por compromiso
militante en un principio y por “pan amargo” después), y finalmente director,
por dos razones: “La primera, porque
sentía que mucho de lo que yo escribía, cuando lo dirigía otro, quedaba
atrapado en el texto, no salía; la segunda tiene que ver con algo
extremadamente más humano, y es que dirigir es más divertido.” Nos cuenta
de esa relación como una especie de videochat interno, en la cual autor y
director tiran y empujan en un desafío constante por ir cada vez más lejos.
Piensa
que el trabajo de escribir es muy solitario y “genera fobias”, pero sin embargo
vuelve al arte de la palabra: “Hay algo
extremadamente poderoso en el uso de la palabra literaria. Vos mirás ahí arriba
del escritorio y hay cuarenta libretitas que sirven ¿para qué? Para ir por la
vida observando la realidad y de pronto registrándola en la palabra. La palabra
como fotografía. A veces la gente pierde de vista lo que es el poder de la
palabra escrita. Se vuelve una especie de registro mecánico, como si fuera
poner en un soporte las cosas que uno ya se dijo en la cabeza. Y no es así. Es
una forma analógica del pensamiento. Escribir, tachar, ir, volver, romper el
papel, tirarlo, es una forma de ordenar las ideas y generar nuevas. Por lo
tanto, cuando yo digo “Esto es una tentación malsana”, significa que mientras yo
tenga una libretita y en el día se me cruce una hora libre, inevitablemente voy
a hacer eso, porque me apasiona, porque buena parte de lo que aprendí en mi
vida lo aprendí escribiendo, y no leyendo. Yo soy un lector obsesivo pero
muchas de las cosas en las que he profundizado lo hice escribiendo una obra, a
veces durante meses”.
En una
misma semana fue premiado tres veces por su trayectoria: recibió el Konex al
Mérito, el Honoris Causa de la UBA y el premio de Honor de Argentores. Sobre
esta distinción, declaró: “En el discurso
yo dije: ‘Recibo con alegría el colacionado del premio, pero contesto con una
carta de documento diciendo que ni sueñen que me voy a retirar’. A mí lo que me
interesa es seguir laburando, en el mismo grado de riesgo con el que vengo desde
hace 45 años”. Claro, lo que premian es lo ya hecho, que no es menor, pero para
él no es más que una caricia al ego: “Te pasan a clase pasiva. Cuando no tenés
deseo, podés dedicarte al jubileo, pero cuando lo tenés -y a mí todavía algunas
hormonas de pulsión creativa se me mantienen vivas-, es tremendo.”
Es
interesante la paradoja de que la UBA premie a un docente que no terminó la
secundaria. En su juventud sufrió el sistema académico, al punto de escapar de
clase para poder explotar (no sin culpa) su verdadera pasión: “En épocas de fracaso escolar, yo me hacía la
rata y me sentaba debajo de un puentecito, como un linyera, y leía o hacía
tiempo para entrar a algunos de los tres cines que había en San Martín (su
ciudad natal). Volver muchos años después como profesor me ha dado mucha
alegría, porque volví haciendo lo contrario de lo que no había aceptado. Practicando
una pedagogía que se hace cargo del dolor del que no aprende. La dificultad del
que no aprende, en realidad, es que no encuentra la puerta del deseo. La puerta
de la obligación es muy fácil, la vieja hipótesis sarmientina de “la letra con
sangre entra”. Alguien puede ser obligado a estudiar de memoria algo, y lo que
hará muy rápidamente es abandonar ese conocimiento, no por inservible, sino por
doloroso, por perturbador”. Así es que en su imprevista faceta de educador
se esfuerza por no cometer los errores que padeció, entendiendo que “estudiar, saber, es una forma de la
felicidad, es el camino que te permite hacer aquello que querés. Cuando en
cambio el aprendizaje se transforma en un acto burocrático para llegar a un
título, todo se vuelve de una angustia muy grande. Buena parte de la deserción
universitaria tiene que ver con esta locura. Hay algo en esa obligación que
resulta una energía contranatura. ¿No es preferible frente a eso una formación
informal, pero que cumpla realmente con tu deseo?”. Cuando salimos de su
departamento en Villa Crespo, nos resonaba una de sus últimas frases: “El que trabaja en lo que ama cumple el sueño
de vivir sin trabajar”.
Septiembre/14
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